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Que se escondan las apariencias. (Privado)
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Re: Que se escondan las apariencias. (Privado)
Había dicho que no era una princesa, pero a veces no podía evitar sentirme como una copia barata de Rapunzel. Sólo que con el pelo ligeramente más corto (como veinte metros más corto, no más) y de color diferente, la cara más pecosa y los ojos azules en lugar de verdes. Al menos, así era ella según el diseño que hizo Disney hace poco menos de cincuenta años. Sin embargo, no hacía falta usar exactamente el ejemplo de esa chica. Yo conocía bien las películas de Disney, mi madre había sido una gran fan y mi padre había conservado todas las que ella guardaba de cuando era niña, en un recuerdo a momentos de emoción contenida y manos que volaban a los corazones. Todas en algún momento se habían sentido prisioneras. Ariel, encerrada bajo la inmensidad azul del océano y condicionada por su naturaleza de sirena. Jasmine, una princesa cuya libertad chocaba contra los muros de su palacio. Aurora, rodeada de mentiras y sobreprotección. Cenicienta, Mulán, y más que no recordaba. La propia Rapunzel, encerrada en una torre durante dieciocho años y engañada por una mujer que sólo se quería aprovechar de lo que podía aportarle, soñaba con salir de su prisión para enfrentarse al mundo. A mí me había pasado más o menos lo mismo.
Lo único diferente es que (primero, que yo no era un dibujo animado) yo me había acostumbrado a mi torre, a mi mar, a mi palacio, a mis mentiras. Yo me había acostumbrado a la rutina. Y salía de mi cárcel encerrada aún, escondida y protegida por una burbuja que me alejaba de mi miedo a sufrir, de mi temor a lo desconocido y lo inesperado. Sí, bueno, lo admitía, tenía miedo. No es que mi historial me hubiera curado de espanto ya, que digamos. Había pequeños hilos que sugerían que tirara de ellos para romper la burbuja y vivir, al fin vivir sin miedo, sin miedo a las cosas que eran naturales en un recorrido humano. Pequeños hilos que acababan desvaneciéndose cuando desviaba la mirada, se iban con un suspiro cansado y negando con sus fibras sin cabeza.
Ahora, no era un hilo lo que rodeaba mi burbuja. Porque la rodeaba, no sólo se asomaba a ella y me llamaba con promesas entusiastas de días mejores. Era una cadena hecha de momentos de duelos de intelecto en mares de café, de obras de arte, de historias, de música en medio de la cocina, de luces que se iban sin avisar, y como colofón, un beso tímido regalado en medio de la lluvia. Una cadena que olía a pizza casera y tenía el color del vino, y sonaba a risas. Quería agarrarme a ella y dejarme llevar, ir a donde ella decidiera guiarme. Ahora el miedo no era romper la burbuja (por mí, podía irse al cuerno la maldita burbuja), sino que esa cadena se rindiera y se alejara, como los hilos. Quería aferrarme a ella y no soltarla.
Pensando en esas cosas miraba a Uzziel, escuchando sus palabras como un ciego fiel escucha los versículos de la Biblia. No quería que se fuera. Quería que se quedara conmigo esa noche, que acariciara mi piel con sus manos cálidas, quería volver a besarlo.
Y quería que, a ser posible, saliera intacto de mi casa.
Intenté no reírme al verlo golpearse (eso no era divertido) y caer de forma tan... Payasil después. Negué con la cabeza levemente con una amplia sonrisa y me levanté de la cama. Me agaché a su lado y pasé uno de sus brazos por mis hombros, ayudándolo a levantarse. Sí, parecía flacucha, ¡pero en realidad yo tenía fuerza!
-Vamos, arriba... Y diles a tus pensamientos no aptos para menores que las lecciones no se dan a golpes- me reí- Soy profesora, sé de lo que hablo- puse tono de entendida y lo acompañé hasta la cama.- A ver, sienta. Tengo por aquí una pomada contra los golpes...- me volví hacia mi armario. Sí, tenía ahí esa crema porque yo era el doble de torpe de lo que parecía, y muchas veces, al levantarme de la cama, me tropezaba y no había quien me librara de los moratones. Cogí el botecito blanco y rojo y me arrodillé frente a él, levantándole el pantalón del chándal hasta la rodilla.
-Esto será como si te pusiera hielo- le expliqué.- Evita el dolor y baja inflamaciones. No es droga cutánea, tranquilo- me reí. Destapé la pomada y me puse un poco en los dedos, para luego aplicársela en la piel. Con suavidad, un leve masaje nada más, no hacía falta hacer el bestia. Una vez la hube puesto toda, sonreí y cerré el bote de pomada. Me incorporé y lo miré con las manos en las caderas.- Ya está. Pero ¿sabes? Mi hermano decía que el mejor remedio para los dolores es un poco de cariño- me incliné hacia él y posé levemente mis labios sobre los suyos. Así, sin más. Enrojeciendo seguramente (no era propio de mí), pero ya estaba bien de ser una niña. Me separé lo justo para poder respirar y hablar.- Si te he pedido que te quedes no es precisamente para que duermas en el sofá- sonreí.- Sólo... Despacio, ¿vale? Yo también quiero seguir adelante, pero... Con calma. ¿Puede ser?
Lo único diferente es que (primero, que yo no era un dibujo animado) yo me había acostumbrado a mi torre, a mi mar, a mi palacio, a mis mentiras. Yo me había acostumbrado a la rutina. Y salía de mi cárcel encerrada aún, escondida y protegida por una burbuja que me alejaba de mi miedo a sufrir, de mi temor a lo desconocido y lo inesperado. Sí, bueno, lo admitía, tenía miedo. No es que mi historial me hubiera curado de espanto ya, que digamos. Había pequeños hilos que sugerían que tirara de ellos para romper la burbuja y vivir, al fin vivir sin miedo, sin miedo a las cosas que eran naturales en un recorrido humano. Pequeños hilos que acababan desvaneciéndose cuando desviaba la mirada, se iban con un suspiro cansado y negando con sus fibras sin cabeza.
Ahora, no era un hilo lo que rodeaba mi burbuja. Porque la rodeaba, no sólo se asomaba a ella y me llamaba con promesas entusiastas de días mejores. Era una cadena hecha de momentos de duelos de intelecto en mares de café, de obras de arte, de historias, de música en medio de la cocina, de luces que se iban sin avisar, y como colofón, un beso tímido regalado en medio de la lluvia. Una cadena que olía a pizza casera y tenía el color del vino, y sonaba a risas. Quería agarrarme a ella y dejarme llevar, ir a donde ella decidiera guiarme. Ahora el miedo no era romper la burbuja (por mí, podía irse al cuerno la maldita burbuja), sino que esa cadena se rindiera y se alejara, como los hilos. Quería aferrarme a ella y no soltarla.
Pensando en esas cosas miraba a Uzziel, escuchando sus palabras como un ciego fiel escucha los versículos de la Biblia. No quería que se fuera. Quería que se quedara conmigo esa noche, que acariciara mi piel con sus manos cálidas, quería volver a besarlo.
Y quería que, a ser posible, saliera intacto de mi casa.
Intenté no reírme al verlo golpearse (eso no era divertido) y caer de forma tan... Payasil después. Negué con la cabeza levemente con una amplia sonrisa y me levanté de la cama. Me agaché a su lado y pasé uno de sus brazos por mis hombros, ayudándolo a levantarse. Sí, parecía flacucha, ¡pero en realidad yo tenía fuerza!
-Vamos, arriba... Y diles a tus pensamientos no aptos para menores que las lecciones no se dan a golpes- me reí- Soy profesora, sé de lo que hablo- puse tono de entendida y lo acompañé hasta la cama.- A ver, sienta. Tengo por aquí una pomada contra los golpes...- me volví hacia mi armario. Sí, tenía ahí esa crema porque yo era el doble de torpe de lo que parecía, y muchas veces, al levantarme de la cama, me tropezaba y no había quien me librara de los moratones. Cogí el botecito blanco y rojo y me arrodillé frente a él, levantándole el pantalón del chándal hasta la rodilla.
-Esto será como si te pusiera hielo- le expliqué.- Evita el dolor y baja inflamaciones. No es droga cutánea, tranquilo- me reí. Destapé la pomada y me puse un poco en los dedos, para luego aplicársela en la piel. Con suavidad, un leve masaje nada más, no hacía falta hacer el bestia. Una vez la hube puesto toda, sonreí y cerré el bote de pomada. Me incorporé y lo miré con las manos en las caderas.- Ya está. Pero ¿sabes? Mi hermano decía que el mejor remedio para los dolores es un poco de cariño- me incliné hacia él y posé levemente mis labios sobre los suyos. Así, sin más. Enrojeciendo seguramente (no era propio de mí), pero ya estaba bien de ser una niña. Me separé lo justo para poder respirar y hablar.- Si te he pedido que te quedes no es precisamente para que duermas en el sofá- sonreí.- Sólo... Despacio, ¿vale? Yo también quiero seguir adelante, pero... Con calma. ¿Puede ser?

Alicia Terpelli- Civiles U.E.
- Mensajes: 45
Fecha de inscripción: 07/05/2011
Edad: 18
Re: Que se escondan las apariencias. (Privado)
Hasta mis heridas agradecieron el tacto de esos labios. Si el tiempo se parase con cada beso de aquella pelirroja, me encantaría vivir detenido a lo largo de los milenios, bien valía el roce de su boca con la mía. Creo que había sonado cómo un peculiar pistoletazo de salida. El más suave y tierno de la historia. Los dos nos habíamos entregado a... no sabíamos muy bien que, pero no podía empezar mejor. Es verdad, ahora todo dolía un poco menos. Maldita sea, aunque tuviera un arpón metido en el ojo, dolería menos después de aquello. ¿Cómo lo hacía? ¿Cómo provocaba esos efectos en mí?
- Despacio. Despacio. -asentí dos veces, algo nervioso y levantándome con algo de dificultad. Está bien, los besos no eran la cura definitiva. Dadme un respiro.- Me gustaría que... fuera el comienzo de algo. -sonreí. Joder, las palabras no me salían- Ahora no puedo lavarme los dientes, pero espero que no te importe. -sonreí y la besé en la frente. Su cabello olía a... esperanza.
[...]
La primera vez que dormí con una chica estando yo enamorado de ella fue hace casi diez años. Susan Jayden, de mi clase de literatura. Caí rendido ante esos tirabuzones rubios, unos ojos que eran dos esmeraldas engarzadas en el rostro más pálidamente hermoso del último curso de instituto. Estaba prendido de ella. De sus encantos, de su forma de ser, su inteligencia. Su cuerpo era de escándalo, y yo era un jovencito hormonado. Ella me invitó a su casa después de una fiesta. Yo por entonces ya conducía, por lo que era relativamente popular en esa época. Claro que seguramente esa fuera la razón por la cual me llevaba a su casa. Pobre Uzz, que inocente eras en tu adolescencia.
Lo cierto es que la noche fue romántica. Sus padres estaban en no se qué país de vacaciones, y nosotros nos pasamos durante horas en la madrugada diciéndonos cosas mirándonos a los ojos, con música de fondo... cursiladas -porque en esas edades son lo que son- varias a la luz de la luna. Más tarde nos metimos en la cama, y me pidió que la abrazara. Ambos andábamos muy borrachos, dado que veníamos de uno de los bailes del instituto. Yo entendí que quería acostarse conmigo, -está bien, puede sonar pretencioso, pero si estuviérais en mi lugar, seguramente hubiérais pensado igual que yo- con todo lo que había dicho, cómo se había puesto, su forma de hablarme... Entonces fue cuando metí la pata -o más bien la mano- y le toqué un pecho. Su reacción, aún bajo los efectos del alcohol, fue una bofetada mayúscula, gritos varios, acompañados de una generosa ración de insultos. Como guinda, un Uzziel Winter en la calle a eso de las cuatro de la mañana. Tuve suerte de que el curso hubiera terminado, sino probablemente varias semanas de muchos motes ofensivos hacia mi amor propio. Oh sí, en Suiza también eramos así.
Cubrí nuestros cuerpos con la manta. El frío atenazaba las paredes de la habitación, pero nosotros conservábamos el calor bajo las sábanas. No sabía muy bien si era ella la que iba a abrazarme a mí, o yo a ella. Me costaba decidir entre dos opciones siempre. Sería mis ganas de acertar con precisión. Estúpida nacionalidad. Finalmente opté por un abrazo convencional, pero lleno de intención protectora. Lleno de intención por acercar su pecho al mío. Su cabeza quedó bajo mi barbilla, apoyada en mi hombro. Me sentía muy bien. Quería mandar al diablo el resto de mi vida y cambiarla por éste momento. Llorar de alegría y expresarle que nunca había estado así. Revolverme dentro de su ternura, mirarla, y darle las gracias por aquella tranquilidad. Quizá mi interior estaba exagerando. Pero no, los sentimientos nunca exageran. Su piel contra la mía se volvía una sensación fabulosa. Inconscientemente apagué la luz, fue entonces cuando el único rayo de luna que se colaba por la ventana fue a parar sobre nosotros. Iluminando nuestros rostros, parecía hecho a propósito. Dulce noche.
- Quiero que pasen treinta años antes de que salga el sol. -susurré- Que el mundo se detenga, y que cuando se reinicie, no se de cuenta de que ya no estamos.
¿Qué estaba pasando?
- Despacio. Despacio. -asentí dos veces, algo nervioso y levantándome con algo de dificultad. Está bien, los besos no eran la cura definitiva. Dadme un respiro.- Me gustaría que... fuera el comienzo de algo. -sonreí. Joder, las palabras no me salían- Ahora no puedo lavarme los dientes, pero espero que no te importe. -sonreí y la besé en la frente. Su cabello olía a... esperanza.
[...]
La primera vez que dormí con una chica estando yo enamorado de ella fue hace casi diez años. Susan Jayden, de mi clase de literatura. Caí rendido ante esos tirabuzones rubios, unos ojos que eran dos esmeraldas engarzadas en el rostro más pálidamente hermoso del último curso de instituto. Estaba prendido de ella. De sus encantos, de su forma de ser, su inteligencia. Su cuerpo era de escándalo, y yo era un jovencito hormonado. Ella me invitó a su casa después de una fiesta. Yo por entonces ya conducía, por lo que era relativamente popular en esa época. Claro que seguramente esa fuera la razón por la cual me llevaba a su casa. Pobre Uzz, que inocente eras en tu adolescencia.
Lo cierto es que la noche fue romántica. Sus padres estaban en no se qué país de vacaciones, y nosotros nos pasamos durante horas en la madrugada diciéndonos cosas mirándonos a los ojos, con música de fondo... cursiladas -porque en esas edades son lo que son- varias a la luz de la luna. Más tarde nos metimos en la cama, y me pidió que la abrazara. Ambos andábamos muy borrachos, dado que veníamos de uno de los bailes del instituto. Yo entendí que quería acostarse conmigo, -está bien, puede sonar pretencioso, pero si estuviérais en mi lugar, seguramente hubiérais pensado igual que yo- con todo lo que había dicho, cómo se había puesto, su forma de hablarme... Entonces fue cuando metí la pata -o más bien la mano- y le toqué un pecho. Su reacción, aún bajo los efectos del alcohol, fue una bofetada mayúscula, gritos varios, acompañados de una generosa ración de insultos. Como guinda, un Uzziel Winter en la calle a eso de las cuatro de la mañana. Tuve suerte de que el curso hubiera terminado, sino probablemente varias semanas de muchos motes ofensivos hacia mi amor propio. Oh sí, en Suiza también eramos así.
Cubrí nuestros cuerpos con la manta. El frío atenazaba las paredes de la habitación, pero nosotros conservábamos el calor bajo las sábanas. No sabía muy bien si era ella la que iba a abrazarme a mí, o yo a ella. Me costaba decidir entre dos opciones siempre. Sería mis ganas de acertar con precisión. Estúpida nacionalidad. Finalmente opté por un abrazo convencional, pero lleno de intención protectora. Lleno de intención por acercar su pecho al mío. Su cabeza quedó bajo mi barbilla, apoyada en mi hombro. Me sentía muy bien. Quería mandar al diablo el resto de mi vida y cambiarla por éste momento. Llorar de alegría y expresarle que nunca había estado así. Revolverme dentro de su ternura, mirarla, y darle las gracias por aquella tranquilidad. Quizá mi interior estaba exagerando. Pero no, los sentimientos nunca exageran. Su piel contra la mía se volvía una sensación fabulosa. Inconscientemente apagué la luz, fue entonces cuando el único rayo de luna que se colaba por la ventana fue a parar sobre nosotros. Iluminando nuestros rostros, parecía hecho a propósito. Dulce noche.
- Quiero que pasen treinta años antes de que salga el sol. -susurré- Que el mundo se detenga, y que cuando se reinicie, no se de cuenta de que ya no estamos.
¿Qué estaba pasando?
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...you'll always stink and burn.




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Uzziel X. Winter- Civiles U.E.
- Mensajes: 33
Fecha de inscripción: 08/05/2011
Re: Que se escondan las apariencias. (Privado)
Reflexionar. Mirar por la ventana con un café en las manos y música clásica de fondo. Dejar que el azul de mi iris se perdiera en el azul del cielo, enfrentándose los dos en una silenciosa batalla de a ver cuál brillaba más; si el firmamento por el sol o mis ojos resplandeciendo con dudas. A veces la visión se veía empañada por la arena del desierto que había fuera de la colonia. A veces no era ese material etéreo y rojizo lo que se cruzaba frente a mi ventana, sino sueños y pensamientos que tomaban formas. A veces me preguntaba si los objetos que se entregaban al viento a que éste jugara con ellos a su antojo sentían algún tipo de presión. Me los imaginaba con estómagos diminutos encogiéndose antes de que una corriente se los llevara. Podía visualizar a las motas de polvo dudando antes de despegar: ¿Estaré haciendo lo correcto? ¿Qué pasará si lo que intento no es como yo lo he soñado? Podía ver plumas volando en la brisa cálida, suspirando, ¿y si se lo hubieran pensado mejor? ¿Y si se hubieran quedado en el pájaro del que se habían caído?
Conocía a alguien que se lamentaba por no haber pensado antes de dejarse llevar por el viento. Era una de las personas por las cuales yo había aprendido a ser precavida (tal vez demasiado precavida) a lo largo de mi existencia. Ella decía que se había enamorado de él. Lo decía a viva voz, dentro del grupo, sin disimular. Teníamos dieciséis años. Él decía que se la iba a follar como un condenado y que luego, que le dieran por ahí. Lo decía por las esquinas, en los baños de los chicos, cuando había gente escuchando. Sí, yo a veces me quedaba con mi amigo Peter (que por aquel entonces estaba en pleno proceso de aceptar su homosexualidad) en el baño de los chicos para servirle de apoyo. Ella decía que por él renunciaría a ese bien tan preciado que era la virginidad para una mujer. Él decía que le importaba una mierda lo que ella sintiera. Y por más que se lo dijimos, por más que intentamos avisarla, por más que quisimos que no le pasara nada malo, ella se dejó llevar. Ella era la pluma, el viento, su propia pasión y su ciego amor, y él era el muro contra el que acabaría chocando, por el cual caería al suelo en un charco de barro y no volvería a remontar. Dos meses después nos decía que tenía que dejar el instituto porque se había quedado embarazada.
Tal vez esa era una de las razones por las que yo no me tomaba estas cosas a la ligera. Bueno, tal vez no, seguro. Para mí todo lo que hacía en este terreno era trascendente. Desde una mirada hasta un beso, y desde el beso hasta acabar en la cama con alguien. Ojo, acabar en la cama, no acostarme con. Aún no pensaba en eso, a pesar de que las circunstancias podían llevar a decir: "¿¡Pero aún estáis así!?". Estábamos así. Y yo estaba genial. Protegida entre sus brazos, con la cabeza en el punto exacto para poder oír los latidos de su corazón, que al principio habían sido desbocados, y ahora ya eran más armoniosos. A oscuras, por una vez estar encerrada era agradable, porque su abrazo era la prisión-no prisión más hermosa en la que había estado. No me sentía agobiada ni sentía que me faltase el aire. Era como si él fuera capaz de dármelo simplemente con respirar si yo llegaba a necesitarlo.
Algo había empezado.
Algo precioso.
-¿Detener el tiempo y desaparecer hasta que el mundo vuelva a girar y de nuevo salga el sol? No sé yo... Tienes unos ojos preciosos, y con la luz solar, todavía son más bonitos- sonreí acariciándole la piel del cuello y el pecho por encima de la camiseta con el dorso de la mano. Hablábamos en voz baja, como si temiéramos romper el ambiente alzando nuestro tono. Un susurro era una caricia a la oscuridad.- Creo que el tiempo nunca ha tenido tanto miedo a represalias como ahora- murmuré con los ojos cerrados.- Y yo nunca he tenido tanto miedo a que siga corriendo como ahora. Intento consolarme pensando que éste es un momento que guardaré para siempre en mi cabeza pero no es suficiente. Quiero recordar con exactitud cómo es estar así...- pasé uno de mis brazos bajo uno de los suyos y le acaricié la espalda.- Cómo es sentir que nada puede hacerte daño si alguien... No, miento- me corregí.- Cómo es sentir que nada puede hacerme daño si tú me abrazas de este modo- inspiré hondo y alcé levemente la cabeza para acariciar su cuello con mi nariz. Era un momento perfecto. Era un comienzo perfecto de algo que no tenía nombre, pero que como todas las cosas, necesitaba tiempo para definirse.
Conocía a alguien que se lamentaba por no haber pensado antes de dejarse llevar por el viento. Era una de las personas por las cuales yo había aprendido a ser precavida (tal vez demasiado precavida) a lo largo de mi existencia. Ella decía que se había enamorado de él. Lo decía a viva voz, dentro del grupo, sin disimular. Teníamos dieciséis años. Él decía que se la iba a follar como un condenado y que luego, que le dieran por ahí. Lo decía por las esquinas, en los baños de los chicos, cuando había gente escuchando. Sí, yo a veces me quedaba con mi amigo Peter (que por aquel entonces estaba en pleno proceso de aceptar su homosexualidad) en el baño de los chicos para servirle de apoyo. Ella decía que por él renunciaría a ese bien tan preciado que era la virginidad para una mujer. Él decía que le importaba una mierda lo que ella sintiera. Y por más que se lo dijimos, por más que intentamos avisarla, por más que quisimos que no le pasara nada malo, ella se dejó llevar. Ella era la pluma, el viento, su propia pasión y su ciego amor, y él era el muro contra el que acabaría chocando, por el cual caería al suelo en un charco de barro y no volvería a remontar. Dos meses después nos decía que tenía que dejar el instituto porque se había quedado embarazada.
Tal vez esa era una de las razones por las que yo no me tomaba estas cosas a la ligera. Bueno, tal vez no, seguro. Para mí todo lo que hacía en este terreno era trascendente. Desde una mirada hasta un beso, y desde el beso hasta acabar en la cama con alguien. Ojo, acabar en la cama, no acostarme con. Aún no pensaba en eso, a pesar de que las circunstancias podían llevar a decir: "¿¡Pero aún estáis así!?". Estábamos así. Y yo estaba genial. Protegida entre sus brazos, con la cabeza en el punto exacto para poder oír los latidos de su corazón, que al principio habían sido desbocados, y ahora ya eran más armoniosos. A oscuras, por una vez estar encerrada era agradable, porque su abrazo era la prisión-no prisión más hermosa en la que había estado. No me sentía agobiada ni sentía que me faltase el aire. Era como si él fuera capaz de dármelo simplemente con respirar si yo llegaba a necesitarlo.
Algo había empezado.
Algo precioso.
-¿Detener el tiempo y desaparecer hasta que el mundo vuelva a girar y de nuevo salga el sol? No sé yo... Tienes unos ojos preciosos, y con la luz solar, todavía son más bonitos- sonreí acariciándole la piel del cuello y el pecho por encima de la camiseta con el dorso de la mano. Hablábamos en voz baja, como si temiéramos romper el ambiente alzando nuestro tono. Un susurro era una caricia a la oscuridad.- Creo que el tiempo nunca ha tenido tanto miedo a represalias como ahora- murmuré con los ojos cerrados.- Y yo nunca he tenido tanto miedo a que siga corriendo como ahora. Intento consolarme pensando que éste es un momento que guardaré para siempre en mi cabeza pero no es suficiente. Quiero recordar con exactitud cómo es estar así...- pasé uno de mis brazos bajo uno de los suyos y le acaricié la espalda.- Cómo es sentir que nada puede hacerte daño si alguien... No, miento- me corregí.- Cómo es sentir que nada puede hacerme daño si tú me abrazas de este modo- inspiré hondo y alcé levemente la cabeza para acariciar su cuello con mi nariz. Era un momento perfecto. Era un comienzo perfecto de algo que no tenía nombre, pero que como todas las cosas, necesitaba tiempo para definirse.

Alicia Terpelli- Civiles U.E.
- Mensajes: 45
Fecha de inscripción: 07/05/2011
Edad: 18
Re: Que se escondan las apariencias. (Privado)
No sería capaz de dormir así. Todo aquello había empezado en un museo. Cómo un simple paseo a través de cuadros y esculturas que nos miraban, envidiosos de nuestra condición de almas vivas capaces de amar, de sentir algo por alguien. Unas risas, unos comentarios, y la tarde se convirtió en noche. La noche, en cena, y la cena en... no sé en qué se había convertido esa cena, porque la belleza no puede denominarse con ningún nombre concreto. Sabía que no iba a dormir porque ahora, en esa cama, yacía a mi lado una obra de arte, mucho mejor que cualquier Da Vinci alcanzable por el ojo humano. Desde el primer momento creí que si cerraba los ojos ella iba a desaparecer, cómo si me encontrara en brazos de un sueño mentiroso que gustaba de burlarse de mí.
- No tengas miedo, pelirroja. -murmuré acariciando su cabello con la mano- De ésto no tienes por qué, aunque te suelte por la mañana, no pasará mucho tiempo hasta que mis brazos rodeen tu cuerpo otra vez. -sonreí- En pocas horas te estás convirtiendo en lo más adictivo que ha pasado a través de mi vida. En un rato tengo que escribir un artículo y no sé si podré teclear dos palabras seguidas sin que me salga "Alicia" en lugar de otra palabra.
Me tenía totalmente capturado. Ni siquiera podía hablar con nadie para que diera su opinión sobre todo ésto. En mi interior se estaba produciendo una especie de transición, cómo cuando los planetas se alinean. Por la tarde sólo podía pensar en mi trabajo, qué iba a cenar por la noche o si por la mañana habría demasiado tráfico. Una serie de acontecimientos después me encontraba debatiendo mi situación sentimental con el ser humano más... todo del universo. Me preguntaba cómo había sido tan bobo de no fijarme en ella cuándo estábamos en la facultad. El tiempo estaba mirándome con cara de, "eres un cretino", y con los brazos en jarras. "Tienes suerte de tener ésta suerte, Winter". Lo decía mucho mi profesor de alemán, corrigiendo mis trabajos. Ahora sé que no se equivocaba.
Mi reloj marcaba las dos menos cinco. No quería despertarla si me levantaba y bajaba a la calle, por lo que también debía idear un plan para hacer eso precisamente. Genial. En mi cerebro, todas las conexiones andaban ocupadas en mi, en Alicia y en todas las cosas que barajaba con respecto a ambos. Ponerme a pensar ahora en trabajo era cómo entrar en una trinchera en pleno desembarco de Normandía y decir: "Ehm... hola. Ya veo que estáis liados con todos los... tiros, bombas y demás. Pero me han comentado que el correo ya ha llegado, así que... bueno, ¡Adiós!"
- ¿Alguno de tus alumnos aprueba? -reí en voz baja- Quiero decir, no eres la típica profesora de cincuenta y ocho años, con canas, gafas gigantes y un culo cómo de aquí a Estambul. Deben estar más pendientes de tus ojos, tus labios, tú sonrisa, tú... No, yo habría matado por una profesora de Filosofía cómo tú. -pasé mi mano por su cintura, haciendo el ademán de dibujar su contorno- Apuesto a que más de uno fantasea contigo. -hago una pausa- Lo cuál ahora, bien pensado, ya no me hace tanta gracia. -Bromeé. Sí, sí, puedes decirlo, eran celos. No demasiado profundos, pero celos al fin y al cabo.- En resumen, que debes ser la profesora más sexy de la universidad... ¿te das cuenta? Miss Freud 2054.
Qué se joda el paso del tiempo. Envuélvalo, porque me lo llevo. Para siempre conservar sus miradas, y ese beso. Conservarla a ella.
- No tengas miedo, pelirroja. -murmuré acariciando su cabello con la mano- De ésto no tienes por qué, aunque te suelte por la mañana, no pasará mucho tiempo hasta que mis brazos rodeen tu cuerpo otra vez. -sonreí- En pocas horas te estás convirtiendo en lo más adictivo que ha pasado a través de mi vida. En un rato tengo que escribir un artículo y no sé si podré teclear dos palabras seguidas sin que me salga "Alicia" en lugar de otra palabra.
Me tenía totalmente capturado. Ni siquiera podía hablar con nadie para que diera su opinión sobre todo ésto. En mi interior se estaba produciendo una especie de transición, cómo cuando los planetas se alinean. Por la tarde sólo podía pensar en mi trabajo, qué iba a cenar por la noche o si por la mañana habría demasiado tráfico. Una serie de acontecimientos después me encontraba debatiendo mi situación sentimental con el ser humano más... todo del universo. Me preguntaba cómo había sido tan bobo de no fijarme en ella cuándo estábamos en la facultad. El tiempo estaba mirándome con cara de, "eres un cretino", y con los brazos en jarras. "Tienes suerte de tener ésta suerte, Winter". Lo decía mucho mi profesor de alemán, corrigiendo mis trabajos. Ahora sé que no se equivocaba.
Mi reloj marcaba las dos menos cinco. No quería despertarla si me levantaba y bajaba a la calle, por lo que también debía idear un plan para hacer eso precisamente. Genial. En mi cerebro, todas las conexiones andaban ocupadas en mi, en Alicia y en todas las cosas que barajaba con respecto a ambos. Ponerme a pensar ahora en trabajo era cómo entrar en una trinchera en pleno desembarco de Normandía y decir: "Ehm... hola. Ya veo que estáis liados con todos los... tiros, bombas y demás. Pero me han comentado que el correo ya ha llegado, así que... bueno, ¡Adiós!"
- ¿Alguno de tus alumnos aprueba? -reí en voz baja- Quiero decir, no eres la típica profesora de cincuenta y ocho años, con canas, gafas gigantes y un culo cómo de aquí a Estambul. Deben estar más pendientes de tus ojos, tus labios, tú sonrisa, tú... No, yo habría matado por una profesora de Filosofía cómo tú. -pasé mi mano por su cintura, haciendo el ademán de dibujar su contorno- Apuesto a que más de uno fantasea contigo. -hago una pausa- Lo cuál ahora, bien pensado, ya no me hace tanta gracia. -Bromeé. Sí, sí, puedes decirlo, eran celos. No demasiado profundos, pero celos al fin y al cabo.- En resumen, que debes ser la profesora más sexy de la universidad... ¿te das cuenta? Miss Freud 2054.
Qué se joda el paso del tiempo. Envuélvalo, porque me lo llevo. Para siempre conservar sus miradas, y ese beso. Conservarla a ella.
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Uzziel X. Winter- Civiles U.E.
- Mensajes: 33
Fecha de inscripción: 08/05/2011
Re: Que se escondan las apariencias. (Privado)
Había oído de gente que comparaba la risa con el orgasmo. Por unos instantes el mundo se desvanecía, cerrabas los ojos, dabas pequeños gritos que reflectaban lo que tu alma sentía en ese momento, y cuando terminabas, te quedabas con una sensación tan etérea como material. Una especie de relax infinito, tu cuerpo pesaba, tu respiración se golpeaba a sí misma en las entradas y salidas desde tu pecho y en el mundo reinaba la paz. Parecía que esa sensación de calma no iba a desvanecerse nunca, que siempre ibas a quedarte tendido allá donde estuvieras. El sofá, la cama, el suelo pasarían a transformarse en nubes de dulce y blanco algodoón, aunque debajo tuvieras espinas. Un orgasmo no sé, pero la risa a mí sí me provocaba esa sensación. Uzziel me hacía reír. Como hacía tiempo que no me reía. Tal vez eran sonidos ahogados por su propio cuerpo, bajos que dibujaban la oscuridad, pero me estaba riendo muchísimo.
Habíamos pasado de nada a todo en poco tiempo. Tal vez era lo único que nos faltaba, una noche más, unos momentos más de proximidad. Huir de las personas que había a nuestro alrededor en los bares, en el museo, huir de los ojos del ambiente cada vez que nos encontrábamos por ahí. Tal vez lo único que nos hacía falta eran esas altas horas de la noche, esas conversaciones en un mundo de duermevela, las caricias difuminando nuestros cuerpos. Me gustaban sus manos recorriendo el mío. Eran suaves, eran delicadas. Era como si pensara que estaba acariciando a una figura de la más fina porcelana y el más límpido cristal, tremendamente frágil. Como si temiera hacerme daño si aumentaba en algo su fuerza. Me estaba embrujando con ese tacto, con esa voz susurrante, con esa sonrisa que podía adivinar a pesar de no estar mirándolo a la cara. Estaba cayendo en su hechizo y no quería liberarme ni detenerlo. No podría. Si para él yo era una sustancia adictiva, la más adictiva, él para mí era el único punto de referencia en la salida de un vacío angosto y horrible. La única luz. Era raro pensar así cuando hacía sólo unas horas sólo pensaba en lo mal que tenían los chicos los trabajos. Era raro, pero fabuloso.
-Aprueban, aprueban- le aseguré riendo.- De tener fantasías, las tendrán el primer mes, porque luego les voy mostrando que tienen que escuchar mis palabras, no observar mis movimientos por la clase. Intento que todo lo que digo sea importante para que presten atención. Además... Bueno. Miss Freud 2054 es un poco exagerado- más risas. Más dulzura en mi habla. Una de mis manos acarició su brazo con las yemas de los dedos.- Nunca me he visto como un objeto de belleza concreto. Sé que es estúpido, y no voy a decir que soy fea, pero tampoco me considero hermosa. Tengo la cara llena de pecas, y bajo éstas soy muy blanca... Tengo el pelo color panocha... Y bueno, me centro tanto en el trabajo que descuido mi imagen y no me veo sexy. ¿Has visto cómo iba hoy en el museo? Parecía salida del reparto de "Me llamo Earl"- sonreí. Las yemas de mis dedos localizaron entonces un algo en el antebrazo que me hizo bajar la mirada a éste.
Bajo la luz de la luna la piel de Uzz se veía extremadamente pálida, y eso hacía que lo distinguiera con más claridad. Uzz llevaba un número 13 en código romano tatuado en el antebrazo. Lo acaricié con curiosidad.
-¿Y esto?- pregunté en un susurro.- No sabía que te gustaran los tatuajes. ¿Qué representa?
Habíamos pasado de nada a todo en poco tiempo. Tal vez era lo único que nos faltaba, una noche más, unos momentos más de proximidad. Huir de las personas que había a nuestro alrededor en los bares, en el museo, huir de los ojos del ambiente cada vez que nos encontrábamos por ahí. Tal vez lo único que nos hacía falta eran esas altas horas de la noche, esas conversaciones en un mundo de duermevela, las caricias difuminando nuestros cuerpos. Me gustaban sus manos recorriendo el mío. Eran suaves, eran delicadas. Era como si pensara que estaba acariciando a una figura de la más fina porcelana y el más límpido cristal, tremendamente frágil. Como si temiera hacerme daño si aumentaba en algo su fuerza. Me estaba embrujando con ese tacto, con esa voz susurrante, con esa sonrisa que podía adivinar a pesar de no estar mirándolo a la cara. Estaba cayendo en su hechizo y no quería liberarme ni detenerlo. No podría. Si para él yo era una sustancia adictiva, la más adictiva, él para mí era el único punto de referencia en la salida de un vacío angosto y horrible. La única luz. Era raro pensar así cuando hacía sólo unas horas sólo pensaba en lo mal que tenían los chicos los trabajos. Era raro, pero fabuloso.
-Aprueban, aprueban- le aseguré riendo.- De tener fantasías, las tendrán el primer mes, porque luego les voy mostrando que tienen que escuchar mis palabras, no observar mis movimientos por la clase. Intento que todo lo que digo sea importante para que presten atención. Además... Bueno. Miss Freud 2054 es un poco exagerado- más risas. Más dulzura en mi habla. Una de mis manos acarició su brazo con las yemas de los dedos.- Nunca me he visto como un objeto de belleza concreto. Sé que es estúpido, y no voy a decir que soy fea, pero tampoco me considero hermosa. Tengo la cara llena de pecas, y bajo éstas soy muy blanca... Tengo el pelo color panocha... Y bueno, me centro tanto en el trabajo que descuido mi imagen y no me veo sexy. ¿Has visto cómo iba hoy en el museo? Parecía salida del reparto de "Me llamo Earl"- sonreí. Las yemas de mis dedos localizaron entonces un algo en el antebrazo que me hizo bajar la mirada a éste.
Bajo la luz de la luna la piel de Uzz se veía extremadamente pálida, y eso hacía que lo distinguiera con más claridad. Uzz llevaba un número 13 en código romano tatuado en el antebrazo. Lo acaricié con curiosidad.
-¿Y esto?- pregunté en un susurro.- No sabía que te gustaran los tatuajes. ¿Qué representa?

Alicia Terpelli- Civiles U.E.
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Fecha de inscripción: 07/05/2011
Edad: 18
Re: Que se escondan las apariencias. (Privado)
- Oh, ésto. -me gustaba que explorase mi cuerpo. Que se interesara por esos detalles- Todos dicen que el trece es un número de la mala suerte. En la cultura occidental se le dió ésta mala fama basándose en una creencia religiosa. El hecho de que en la última cena se sentaran trece personas y en menos de veinticuatro horas dos estuvieran muertos aterró a los hombres durante años. Se conserva esa tradición desde entonces. Se aplica a edificios, asientos de avión, (dónde omiten el trece, pasan del doce al catorce o lo señalan cómo "doce bis") incluso en algunos hoteles destinan el piso décimotercero a los utensilios de limpieza, servicios y demás. -hice una pausa, mirando el viejo tatuaje- Me lo hice para intentar alejar esa supuesta "mala suerte", y para burlarme, en cierto modo. Dónde se está más seguro es en el centro del huracán, ¿no? Un número tan malévolo -reí- impreso en mi piel debe ser contraproducente para la mala suerte que lleva implícita.
No me había explicado cómo un libro abierto, pero creo que se había entendido la idea. Fue el primer tatuaje, mucho antes del que adornaba mi espalda. Siempre me pareció algo especial, algo único que queda grabado en tu piel y te acompaña hasta la muerte, y más allá de la misma. Es personal, profundamente íntimo, algo que te define. Necesitaba algo que me llevara a mi propia realidad después de vivir todo lo vivido en lo que una vez fue mi hogar. Mi cuerpo se transformó en mi burlesco amuleto de cara al mañana, y desde entonces diez años habían pasado, y lo cierto es que no me había ido especialmente bien ni especialmente mal. Algunas salvedades... me sentía "seguro" con mi identidad marcada en la piel.
Nos arropé a ambos un poco más, y de repente me sentí cansado. Era ese cansancio del que te sientes satisfecho, cómo después de haber... sí, eso mismo. No se me ocurren más ejemplos, diablos. Aunque el sueño era más fuerte que yo, el olor del champú de la italiana podría mantenerme en vela noches enteras. Es curioso cómo la compañía agradable de alguien, el amor, tal vez, hacía que las capacidades físicas y emocionales aumentaran a niveles sobrehumanos. Vale, era un poco exagerado, pero por ahí andaba la situación.
- Y no digas eso, haz el favor. Tus pecas son adorables. -paso el dedo por su rostro, acariciando sus mejillas, sus pómulos- Las pelirrojas son mi debilidad, y tú no ibas a ser la excepción que confirma la regla. -ahora ese dedo jugueteó con un mechón de pelo. La suavidad hacía que el tacto fuera casi ínfimo. Quería mimar ese cuerpo- Y te puedo garantizar que eres sexy. Tanto, que dolía muchas veces, el pensar que no eras mía.
No mentí. Cuándo ves a alguien por primera vez, no piensas en si es simpático, o buena persona, o si te hará reír. Ves lo que ves, y lo primero que te salta a la vista al conocer a Alicia, es una sonrisa de película unido a unos ojos profundos y bellos cómo el mar, en los que te ahogarías sólo por estar unos segundos en ellos. En tanto ibas bajando, las cosas sólo hacían que mejorar, con una figura dedicada plenamente a ser observada con delicadeza, con... ah, no me salían los pensamientos. Ahora la tenía entre mis brazos y apenas me lo podía creer.
- Sea cómo sea, me gustas... profesora Terpelli. -me salió así, sin más- Así que en mi presencia -adopté un tono burlesco de altivez- no te consiento que digas esas cosas. -volví a susurrar- Porque entonces tendré que meterte mano para demostrarte que te equivocas, y ahora, hoy, no queremos eso, ¿verdad? -sonreí, gracioso.
Por un momento me imaginé de la mano, paseando por el centro con ella. Cómo una de esas parejas que hay a miles, tonteándo y haciendo fotos por doquier, demostrando al mundo toooodo lo que se quieren. No sabía si era eso lo que quería. Entonces descubrí que si era Alicia la que sujetaba la mano, me daba igual eso o cualquier otra cosa. Un paseo por el centro o al borde de un acantilado. La seguridad, la tranquilidad y el bienestar que me había dado esa noche para mí eran suficientes. Alicia me había dado algo a lo que agarrarme, a darle crédito a ésta vida que había sido poco más que indiferente conmigo. A hacerme creer que si había algo detrás de esa cortina oscura, dónde se ocultan las cosas destinadas a la gente que... no salía de la cárcel. Quería intentarlo.
No me había explicado cómo un libro abierto, pero creo que se había entendido la idea. Fue el primer tatuaje, mucho antes del que adornaba mi espalda. Siempre me pareció algo especial, algo único que queda grabado en tu piel y te acompaña hasta la muerte, y más allá de la misma. Es personal, profundamente íntimo, algo que te define. Necesitaba algo que me llevara a mi propia realidad después de vivir todo lo vivido en lo que una vez fue mi hogar. Mi cuerpo se transformó en mi burlesco amuleto de cara al mañana, y desde entonces diez años habían pasado, y lo cierto es que no me había ido especialmente bien ni especialmente mal. Algunas salvedades... me sentía "seguro" con mi identidad marcada en la piel.
Nos arropé a ambos un poco más, y de repente me sentí cansado. Era ese cansancio del que te sientes satisfecho, cómo después de haber... sí, eso mismo. No se me ocurren más ejemplos, diablos. Aunque el sueño era más fuerte que yo, el olor del champú de la italiana podría mantenerme en vela noches enteras. Es curioso cómo la compañía agradable de alguien, el amor, tal vez, hacía que las capacidades físicas y emocionales aumentaran a niveles sobrehumanos. Vale, era un poco exagerado, pero por ahí andaba la situación.
- Y no digas eso, haz el favor. Tus pecas son adorables. -paso el dedo por su rostro, acariciando sus mejillas, sus pómulos- Las pelirrojas son mi debilidad, y tú no ibas a ser la excepción que confirma la regla. -ahora ese dedo jugueteó con un mechón de pelo. La suavidad hacía que el tacto fuera casi ínfimo. Quería mimar ese cuerpo- Y te puedo garantizar que eres sexy. Tanto, que dolía muchas veces, el pensar que no eras mía.
No mentí. Cuándo ves a alguien por primera vez, no piensas en si es simpático, o buena persona, o si te hará reír. Ves lo que ves, y lo primero que te salta a la vista al conocer a Alicia, es una sonrisa de película unido a unos ojos profundos y bellos cómo el mar, en los que te ahogarías sólo por estar unos segundos en ellos. En tanto ibas bajando, las cosas sólo hacían que mejorar, con una figura dedicada plenamente a ser observada con delicadeza, con... ah, no me salían los pensamientos. Ahora la tenía entre mis brazos y apenas me lo podía creer.
- Sea cómo sea, me gustas... profesora Terpelli. -me salió así, sin más- Así que en mi presencia -adopté un tono burlesco de altivez- no te consiento que digas esas cosas. -volví a susurrar- Porque entonces tendré que meterte mano para demostrarte que te equivocas, y ahora, hoy, no queremos eso, ¿verdad? -sonreí, gracioso.
Por un momento me imaginé de la mano, paseando por el centro con ella. Cómo una de esas parejas que hay a miles, tonteándo y haciendo fotos por doquier, demostrando al mundo toooodo lo que se quieren. No sabía si era eso lo que quería. Entonces descubrí que si era Alicia la que sujetaba la mano, me daba igual eso o cualquier otra cosa. Un paseo por el centro o al borde de un acantilado. La seguridad, la tranquilidad y el bienestar que me había dado esa noche para mí eran suficientes. Alicia me había dado algo a lo que agarrarme, a darle crédito a ésta vida que había sido poco más que indiferente conmigo. A hacerme creer que si había algo detrás de esa cortina oscura, dónde se ocultan las cosas destinadas a la gente que... no salía de la cárcel. Quería intentarlo.
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Uzziel X. Winter- Civiles U.E.
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Fecha de inscripción: 08/05/2011
Re: Que se escondan las apariencias. (Privado)
Negué con la cabeza sonriendo, mirándolo. No, no queríamos eso. Quería quedarme así esta noche. Quería dejar volar el tiempo abrazada a él, sintiendo sus caricias cargadas de dulzura. La pasión podía esperar, podía quedarse relegada a un segundo plano; antes quería sentir que no eran sólo mis "adorables pecas" o mi pelo de fuego lo que le interesaba de mí, quería asegurarme de que mi "sex-appeal" no le atraía tanto como para olvidar que debajo del cuerpo había una persona. Una persona especialmente sensible, especialmente pensativa, especialmente parada a la hora de dejarse llevar. Especialmente aferrada a unas maneras que nadie me había impuesto directamente, pero que siempre habían estado ahí, guardando un secreto e impregnándose en mi piel, pegándose a ella. Me había alzado un poco para poder contemplar sus ojos, sus preciosos ojos azul-grisáceo. Me recordaban a las nubes. Unas nubes de color azul que podían esconder secretos y contar historias. Esos ojos límpidos y ligeramente tristes eran la puerta a un alma que no podía leer con facilidad. Y al mismo tiempo que me planteaba una incógnita, un acertijo que hubiera podido mantenerme en vela mil y una noches, también me invitaba a dormir. Me invitaba a darme cuenta de que podía estar tranquila, que esa mirada me acunaría y seguiría estando a salvo en sus brazos.
Tenía ganas de dormir. Aparte de que estaba cansada, quería refugiarme en sus brazos y volver a ser una niña. No había fotos de mi madre acunándome, pero sí las había de mi padre sosteniéndome como si fuera una frágil criatura. Bueno, por aquel entonces lo era, pero la mirada de mi padre era como un mundo. Quería que alguien volviera a mirarme así mientras dormía, pero de manera diferente. No como un padre, sino como un hombre. Quería que alguien se sintiera fascinado simplemente por mi respiración, porque yo sabía que podía maravillarme con eso, con la respiración acompasada y suave de una persona. Estaba fascinada con los latidos del corazón de Uzz, con cómo sonaba su voz repicando contra su garganta, invadiendo el aire. Pequeños detalles que a alguien podían parecer insignificantes, pero que a mí me parecían un mundo. ¿Qué podía haber más increíble que los sonidos que demostrasen que alguien estaba vivo, y que estaba lo suficientemente cerca como para poder sentirlo yo?
-¿Sabes?- murmuré mientras se me cerraban los ojos.- Nunca me acuerdo de lo que sueño... Siempre que lo intento acabo con un dolor de cabeza tremendo... Sólo aparecen sombras difuminadas, formas confusas y trazos de voces... A veces me pregunto si será muy importante, o quién aparecerá por mi subconsciente...- reprimí un bostezo. Mi voz se iba haciendo más y más pequeña.- Pero hoy no necesitaré acordarme... Sé perfectamente qué es lo que voy a... soñar- me acurruqué a su lado, aovillándome como si fuera un gato. El calor de la manta y el de él harían de escudo contra el frío.- Buenas noches, Uzziel- murmuré antes de caer, definitivamente rendida.
Y exactamente no sé con qué soñé.
Pero sí que había un quién constante y presente en cada diapositiva que pasaba por mi subconsciente.
Tenía ganas de dormir. Aparte de que estaba cansada, quería refugiarme en sus brazos y volver a ser una niña. No había fotos de mi madre acunándome, pero sí las había de mi padre sosteniéndome como si fuera una frágil criatura. Bueno, por aquel entonces lo era, pero la mirada de mi padre era como un mundo. Quería que alguien volviera a mirarme así mientras dormía, pero de manera diferente. No como un padre, sino como un hombre. Quería que alguien se sintiera fascinado simplemente por mi respiración, porque yo sabía que podía maravillarme con eso, con la respiración acompasada y suave de una persona. Estaba fascinada con los latidos del corazón de Uzz, con cómo sonaba su voz repicando contra su garganta, invadiendo el aire. Pequeños detalles que a alguien podían parecer insignificantes, pero que a mí me parecían un mundo. ¿Qué podía haber más increíble que los sonidos que demostrasen que alguien estaba vivo, y que estaba lo suficientemente cerca como para poder sentirlo yo?
-¿Sabes?- murmuré mientras se me cerraban los ojos.- Nunca me acuerdo de lo que sueño... Siempre que lo intento acabo con un dolor de cabeza tremendo... Sólo aparecen sombras difuminadas, formas confusas y trazos de voces... A veces me pregunto si será muy importante, o quién aparecerá por mi subconsciente...- reprimí un bostezo. Mi voz se iba haciendo más y más pequeña.- Pero hoy no necesitaré acordarme... Sé perfectamente qué es lo que voy a... soñar- me acurruqué a su lado, aovillándome como si fuera un gato. El calor de la manta y el de él harían de escudo contra el frío.- Buenas noches, Uzziel- murmuré antes de caer, definitivamente rendida.
Y exactamente no sé con qué soñé.
Pero sí que había un quién constante y presente en cada diapositiva que pasaba por mi subconsciente.

Alicia Terpelli- Civiles U.E.
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Fecha de inscripción: 07/05/2011
Edad: 18
Re: Que se escondan las apariencias. (Privado)
Capítulo 3: Despierta, no ha sido un sueño.
Ni despertador, ni sol. Fue mi reloj biológico el que me levantó a eso de las siete. No solía levantarme de buen humor. Nunca. Bien, las estadísticas están para romperlas, y no hizo falta demasiado. Sólo una cama, que no era la mía. Una chica, Alicia, la cuál seguía ahí, abrazada a mí con la expresión de satisfacción y paz más franca que había visto nunca. Una estúpida sonrisa soñolienta hizo que me desmarcara de la realidad durante varios minutos, saboreando momentos que eran de verdad, no eran fruto de mi atribulada imaginación, o de psicotrópicos de diseño barato.
Sentía con aquel despertar, una especie de primera vez, pero al mismo tiempo la sensación era de familiaridad, cómo si ambos conociéramos todo del otro. Sin necesidad de hacer las cosas demasiado atropelladamente. Diablos, era feliz. Me sentía completo, lleno de vida, cómo si alguien hubiera pulsado un botón, limpiado todo lo malo y dándome una tarjeta dónde ponía que mi límite estaba a cero, que podía empezar otra vez. Lo mejor de todo es que ni siquiera habíamos tenido sexo. No quería ni imaginarme cómo serían las cosas una vez se diera esa condición. Uf, ni siquiera conocía esa parte de las relaciones. Había vuelto atrás en el tiempo, y era ese adolescente inexperto que... Oops. Tiempo. Tiempo. TIEMPO.
- Oh, mierda. -murmuré. Mi reloj de muñeca marcaba chistoso las siete y seis minutos de la mañana- No, no, no, el artículo. -no era culpa mía. El suizo más metódico hubiera perdido la noción del tiempo enredado en esos brazos- Tengo una hora... menos de una hora para escribirlo y apenas dos para entregarlo... -todas éstas palabras, las murmuraba intentando salir de la cama sin despertar a Alicia, que por otra parte me atraía silenciosamente a quedarme en ese colchón unos doscientos años más.
De haber podido, así hubiera sido. Pero me jugaba seriamente mi trabajo. Una vez podía saltarme las normas. Una vez ocasionalmente, puesto que ostentaba un lugar privilegiado en el periódico. La gente estaba satisfecha con mis columnas, al igual que mis jefes. Y sí, se me permitía, muy de vez en cuando, tomarme ciertas licencias. Ahora mismo, habiendo dejado ayer al editor en calzoncillos, mi cuello pendía de una cuerda, y no exagero si creo que el redactor jefe me iba a hacer picadillo si a las nueve menos cuarto -menos diez, jugando al límite- no había un artículo en su mesa, estaba fuera. Fuera de verdad. Despido fulminante.
El tiempo era mi enemigo, y bajar a la calle -dónde ya no llovía, pero las nubes se preparaban para un segundo asalto- a por el ordenador eran minutos preciosos que no vería nunca más. Me forcé, me obligué a salir de la cama y bajé con todo el silencio posible al comedor. Había otra opción, sí. Utilizar el ordenador de Alicia, pasar el artículo a la PDA, llevarlo al periódico y rezar porque lo aceptaran. Me consideraba bueno en mi trabajo, pero terminar un artículo -empezarlo, corrijo- sobre cómo afectaba la política en el ambiente de la feria en cosa de una hora... nunca me había enfrentado a eso.
- Primero de todo cálmate, Xavier. -pronuncié mi segundo nombre, cogiendo la PDA de entre mis cosas. Un cigarrillo que ya estaba en mis labios permanecía apagado. Así se iba a quedar, me calmaba los nervios. Nunca se acababa. Un pequeño juego mental conmigo mismo- ¿Hace calor aquí? -el programa de la calefacción se había activado por sí solo al notar mis pies descalzos. Me quité la camiseta y la plegué, algo más tranquilo ahora.
El ordenador de Alicia era un Apple de gama media. Buenísimo para el usuario que lo utiliza en tareas ofimáticas, justo eso, a medio camino entre el gamer y el navegante de internet. Lo encendí y me saludó, con un mensaje predeterminado, saludándome y llamándome "Alicia". Sonreí cómo un bobo al oír su nombre, pero intenté no quedar traspuesto durante mucho rato. Con toda la calma que tenía acumulada, abrí el procesador de textos, coloqué el cigarrillo al lado del teclado y... traté de escribir.
Si el recuerdo de una noche inolvidable se suma a un reloj implacable... tenéis que tener nervios de acero. Me encomendé a un gran paisano cómo era Roger Federer y empecé.
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Uzziel X. Winter- Civiles U.E.
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Fecha de inscripción: 08/05/2011
Re: Que se escondan las apariencias. (Privado)
Don't let any one wake me...
I'm dreamin out loud,
dreamin out loud,
and all at once its so familiar to see,
I'm dreamin out loud,
dreamin out loud,
can't find a puzzle to fit into piece of apart of me
Era cierto que nunca recordaba lo que soñaba por las noches. Una peculiaridad. Cuando a mis amigas les había dado la fiebre esotérica que suele darles a las chicas allá por los trece años, yo no podía participar de las locuras que hacían. Ahora que era una mujer racional me alegraba, claro. Pero por aquel entonces me preguntaba si mi subconsciente funcionaría mal, y si ese era el caso, si podría significar que el resto de mi cerebro también. Luego me di cuenta de que justo en el momento antes de despertarme era en el que lo olvidaba todo. Es decir, mientras soñaba sabía que estab soñando, y lo visualizaba todo como si de una película se tratase. Pero cuando mi reloj interno decidía que ya era momento de levantarse y encarar un nuevo día, era como si todo hiciera "¡Puf!" y abría los ojos teniendo la mente en blanco. Sabiendo como sabía que los sueños no eran trascendentes (y lo sentía mucho por Freud, pero las cosas como son), no me importaba en exceso. Pero aquel amanecer estaba convencida de que había soñado con Uzz, y todos los detalles que se relacionaran de alguna manera con él, yo quería guardarlos para siempre a mi lado. De momento, para siempre.
Abrí los ojos cuando en la habitación aún no brillaba el sol, pero sí se filtraba esa luz desagradable de no-es-ni-de-noche-ni-de-día. Azul aguado, ese era el nombre de esa luz. De algún modo. El día había amanecido frío (manda narices que a mitad de mayo haga frío en África, pensé, maldito cambio climático, añadí después), el viento cantaba serenatas ahí fuera y las nubes escuchaban con persistente paciencia, deseando que llegara ese momento álgido que las emocionase y pudieran llorar. Iba a llover otra vez. Un escalofrío me hizo darme la vuelta en la cama. El calor de Uzz seguía ahí, pero su cuerpo no.
Un yunque de hielo muy desagradable rebotó en mi pecho al pensar que se había marchado. Asi sin más, sin despedirse. No habría sido lógico. Era lo lógico tras una noche de sexo desenfrenado con un rollo que conoces en un bar, pero no tras una noche simplemente de sueño con una persona que cambia tu vida progresivamente a cada segundo que pasa. Me incorporé despacio para que la cabeza no me diera vueltas, y entonces fue cuando oí el teclear desenfrenado del ordenador. A no ser que un ladrón con ganas de Twitter se me hubiera colado en casa en medio de la noche, Uzz seguía ahí. Haciendo uso de mi equipo informático, tan veloz y ocupando tanto tiempo, que me llevó a pensar que estaba escribiendo el artículo del que me habló de madrugada. Suspiré y salí de la cama, cambiándome de ropa. La camisola verde y los leggings negros fueron sustituidos por un camisón de manga larga de color azul claro, de tejido cálido y suave que hacía aún más infantil mi aspecto. Pero era cómodo. Y era con la suavidad de esa prenda con lo que quería abrazar al joven en un nuevo amanecer, que esperaba no fuera el último.
Bajé de mi desván-habitación con cuidado por la escalerilla de madera y lo vi ahí, en el salón, con la misma pose de Peter (mi amigo gay que era broker en la bolsa y estaba con los ojos pegados al ordenador siempre), inclinado hacia la pantalla. Sonreí y me acerqué a él caminando descalza por mi suelo de madera, posando en las plantas de mis pies una agradable calidez fruto del sistema calefactor. Posé las manos en sus hombros y me incliné sobre él para darle un beso en la mejilla.
-Buongiorno, Uzz- saludé en un susurro. Mi primera palabra del día siempre debía ser en italiano. Un tributo a mi lengua materna. Eché un vistazo a la pantalla; llevaba ya casi un folio entero de artículo.- Intuyo que esto podrías haberlo hecho ayer con más calma- muy bien, Alicia, alejando al chico que puede que sea tu futuro inminente de su trabajo. No tienes corazón.- Lo siento, podría haber preguntado si tenías algo que hacer- no tienes corazón pero al menos te disculpas. Bien por tus modales.- Voy a preparar el desayuno. ¿Quieres café, té, zumo, leche con cacao, sola...?- puse tono de camarera mientras iba hacia la cocina. Yo o empezaba el día con un café, o era como si no lo hubiera empezado.
I'm dreamin out loud,
dreamin out loud,
and all at once its so familiar to see,
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can't find a puzzle to fit into piece of apart of me
Era cierto que nunca recordaba lo que soñaba por las noches. Una peculiaridad. Cuando a mis amigas les había dado la fiebre esotérica que suele darles a las chicas allá por los trece años, yo no podía participar de las locuras que hacían. Ahora que era una mujer racional me alegraba, claro. Pero por aquel entonces me preguntaba si mi subconsciente funcionaría mal, y si ese era el caso, si podría significar que el resto de mi cerebro también. Luego me di cuenta de que justo en el momento antes de despertarme era en el que lo olvidaba todo. Es decir, mientras soñaba sabía que estab soñando, y lo visualizaba todo como si de una película se tratase. Pero cuando mi reloj interno decidía que ya era momento de levantarse y encarar un nuevo día, era como si todo hiciera "¡Puf!" y abría los ojos teniendo la mente en blanco. Sabiendo como sabía que los sueños no eran trascendentes (y lo sentía mucho por Freud, pero las cosas como son), no me importaba en exceso. Pero aquel amanecer estaba convencida de que había soñado con Uzz, y todos los detalles que se relacionaran de alguna manera con él, yo quería guardarlos para siempre a mi lado. De momento, para siempre.
Abrí los ojos cuando en la habitación aún no brillaba el sol, pero sí se filtraba esa luz desagradable de no-es-ni-de-noche-ni-de-día. Azul aguado, ese era el nombre de esa luz. De algún modo. El día había amanecido frío (manda narices que a mitad de mayo haga frío en África, pensé, maldito cambio climático, añadí después), el viento cantaba serenatas ahí fuera y las nubes escuchaban con persistente paciencia, deseando que llegara ese momento álgido que las emocionase y pudieran llorar. Iba a llover otra vez. Un escalofrío me hizo darme la vuelta en la cama. El calor de Uzz seguía ahí, pero su cuerpo no.
Un yunque de hielo muy desagradable rebotó en mi pecho al pensar que se había marchado. Asi sin más, sin despedirse. No habría sido lógico. Era lo lógico tras una noche de sexo desenfrenado con un rollo que conoces en un bar, pero no tras una noche simplemente de sueño con una persona que cambia tu vida progresivamente a cada segundo que pasa. Me incorporé despacio para que la cabeza no me diera vueltas, y entonces fue cuando oí el teclear desenfrenado del ordenador. A no ser que un ladrón con ganas de Twitter se me hubiera colado en casa en medio de la noche, Uzz seguía ahí. Haciendo uso de mi equipo informático, tan veloz y ocupando tanto tiempo, que me llevó a pensar que estaba escribiendo el artículo del que me habló de madrugada. Suspiré y salí de la cama, cambiándome de ropa. La camisola verde y los leggings negros fueron sustituidos por un camisón de manga larga de color azul claro, de tejido cálido y suave que hacía aún más infantil mi aspecto. Pero era cómodo. Y era con la suavidad de esa prenda con lo que quería abrazar al joven en un nuevo amanecer, que esperaba no fuera el último.
Bajé de mi desván-habitación con cuidado por la escalerilla de madera y lo vi ahí, en el salón, con la misma pose de Peter (mi amigo gay que era broker en la bolsa y estaba con los ojos pegados al ordenador siempre), inclinado hacia la pantalla. Sonreí y me acerqué a él caminando descalza por mi suelo de madera, posando en las plantas de mis pies una agradable calidez fruto del sistema calefactor. Posé las manos en sus hombros y me incliné sobre él para darle un beso en la mejilla.
-Buongiorno, Uzz- saludé en un susurro. Mi primera palabra del día siempre debía ser en italiano. Un tributo a mi lengua materna. Eché un vistazo a la pantalla; llevaba ya casi un folio entero de artículo.- Intuyo que esto podrías haberlo hecho ayer con más calma- muy bien, Alicia, alejando al chico que puede que sea tu futuro inminente de su trabajo. No tienes corazón.- Lo siento, podría haber preguntado si tenías algo que hacer- no tienes corazón pero al menos te disculpas. Bien por tus modales.- Voy a preparar el desayuno. ¿Quieres café, té, zumo, leche con cacao, sola...?- puse tono de camarera mientras iba hacia la cocina. Yo o empezaba el día con un café, o era como si no lo hubiera empezado.

Alicia Terpelli- Civiles U.E.
- Mensajes: 45
Fecha de inscripción: 07/05/2011
Edad: 18
Re: Que se escondan las apariencias. (Privado)
Un pequeño ramalazo de lástima me cruzó por la mente al verla bajar. Me sentía mal por no haber despertado a su lado. O por contra, haberla visto a ella despertar. No son más que unos minutos, un simple detalle cómo un "Buenos días.", y un beso. Esas cosas que se hacen, que yo no conocía, pero que había visto y quería hacer. Volví un segundo la vista de la pantalla, para maravillarme con su soñolienta silueta, enfundada en un camison que le quedaba muy gracioso, y la aniñaba todavía más. No podía sino preguntarme cómo no la había visto de esa manera antes. Tan cercana, tan... posible.
- Buenos días... creo. -reí un instante. A ver si era verdad que me enseñaba italiano. No fuera que un momento de enfado me insultara y no supiera que decir después. Imaginad el panorama.- No, no te preocupes, lo tenía planeado. -no era del todo mentira- Además, valío la pena, ¿no es cierto? -sostuve la mirada en silencio durante varios segundos. La sonrisa estúpida seguía ahí. Uzzi, Uzzi... llegarás tarde.- Un vaso de leche fría será suficiente, muchas gracias pelirroja.
"Los mandatarios visten túnicas, y observan a la plebe harapienta, saludando con la mano. Es lo único que no ha cambiado en miles de años. Agitan la mano, y parece que no saben hacer nada más. De esas manos no cae pan, ni agua, ni vacunas. No cae paz. Nosotros, los ciudadanos, queremos algo más que una mano vacía." - Uzziel X.
Terminé. Alguna vez me había llevado un tirón de orejas por exponer mi opinión de aquella manera. Pero eso era, una columna de opinión. Me lo tenían que pasar. Lo que ocurre es que nadie cómo yo se atrevía, y camuflaba lo que pensaba todo el mundo en silencio cuándo leía mis líneas. Sabía de buena fuente que muchos periódicos se vendían por el ansia de la gente por leer algo diferente. Poder ver algo "prohibido" y sentir formar parte de un todo en el cual no participaban activamente. No era el revolucionario del pueblo, claro. De ser así estaríamos ante asaltos a los centros de poder y tampoco quería eso. No, no quería esa responsabilidad sobre mis hombros. Demasiado era tener esas páginas para poder gritar a viva voz lo que pensaba sobre todo lo que nos caía encima.
Empecé a repasarlo. Borré algunas cosas, añadí algunos detalles o los sustituí, porque no sonaban todo lo... musicales que me gustaba que sonaran las palabras. Al final me quedó de unas ciento cincuenta palabras, lo cuál no estaba mal. Sin embargo... el primer párrafo no me pareció atractivo. Las primeras frases son lo que te enganchan, sino, dejas de leer. Reglas de estilo, de mi libro de estilo propio. Lo borré todo. Aún iba bien de tiempo. Terminarlo, vestirme, beber ese vaso de leche y... volar.
- Aunque aún podré llevarme un beso de buenos días... ¿verdad? -sonreí tecleando las primeras palabras. Hasta ese momento no se me ocurrió que los días tienen una mañana, una tarde y una noche. Gran descubrimiento, Winter. - Por cierto... -me volví sobre la silla y la miré en la cocina- Supongo que... no sé, podríamos vernos más tarde. ¿No? -claro. Vaya, ese pensamiento me dejó satisfecho. Dos y dos habían sumado cuatro, al fin. La noche anterior había perdido la cabeza por ella, pero todavía podía pensar algo razonable.
Guardé el artículo en la PDA. Estaba estupendo, aún cuándo el tiempo me estaba, no pisando, mordisqueando los talones. Suspiré satisfecho y volví a guardar el cigarrillo de la discordia en su cajetilla, con sus mortíferos hermanos. Me levanté en busca de los labios deliciosos del país en forma de bota, o lo que es lo mismo, la italiana más bella a éste lado de África. Me estaba quedando demasiado colgado de esa chica, para bien o para mal. Y si había un "mal", no quería saber nada de ello. Más males y contras tenía yo, y la gente me aceptaba con una sonrisa bajo el brazo, gracias a mi puesto de trabajo, mi improvisada elegancia... a lo mejor hasta mis ojos ayudaban un tanto. Dios mío, dicho así parecía una carcasa interesante y nada más. La búsqueda terminó, ahí estaba esa boca.
- ¿Quién necesita café cuándo puede besarte para despertarse por la mañana? -mi boca, huérfana de sus labios, la besó cómo si no hubiera palabras para decir todo lo bien que me haría sentir. Que ya me había hecho sentir en apenas un día. Me separé unos interminables segundos después. Sabía a cielo.- Estoy empezando a odiar mi trabajo sólo por el hecho de que me separa ahora de tí. -me llevé la mano al mentón, pensativo- Cuándo me pase de romántico, dímelo. No pega con mi condición de tipo duro e interesante. -reí un momento, buscando ahora mi ropa.
- Buenos días... creo. -reí un instante. A ver si era verdad que me enseñaba italiano. No fuera que un momento de enfado me insultara y no supiera que decir después. Imaginad el panorama.- No, no te preocupes, lo tenía planeado. -no era del todo mentira- Además, valío la pena, ¿no es cierto? -sostuve la mirada en silencio durante varios segundos. La sonrisa estúpida seguía ahí. Uzzi, Uzzi... llegarás tarde.- Un vaso de leche fría será suficiente, muchas gracias pelirroja.
"Los mandatarios visten túnicas, y observan a la plebe harapienta, saludando con la mano. Es lo único que no ha cambiado en miles de años. Agitan la mano, y parece que no saben hacer nada más. De esas manos no cae pan, ni agua, ni vacunas. No cae paz. Nosotros, los ciudadanos, queremos algo más que una mano vacía." - Uzziel X.
Terminé. Alguna vez me había llevado un tirón de orejas por exponer mi opinión de aquella manera. Pero eso era, una columna de opinión. Me lo tenían que pasar. Lo que ocurre es que nadie cómo yo se atrevía, y camuflaba lo que pensaba todo el mundo en silencio cuándo leía mis líneas. Sabía de buena fuente que muchos periódicos se vendían por el ansia de la gente por leer algo diferente. Poder ver algo "prohibido" y sentir formar parte de un todo en el cual no participaban activamente. No era el revolucionario del pueblo, claro. De ser así estaríamos ante asaltos a los centros de poder y tampoco quería eso. No, no quería esa responsabilidad sobre mis hombros. Demasiado era tener esas páginas para poder gritar a viva voz lo que pensaba sobre todo lo que nos caía encima.
Empecé a repasarlo. Borré algunas cosas, añadí algunos detalles o los sustituí, porque no sonaban todo lo... musicales que me gustaba que sonaran las palabras. Al final me quedó de unas ciento cincuenta palabras, lo cuál no estaba mal. Sin embargo... el primer párrafo no me pareció atractivo. Las primeras frases son lo que te enganchan, sino, dejas de leer. Reglas de estilo, de mi libro de estilo propio. Lo borré todo. Aún iba bien de tiempo. Terminarlo, vestirme, beber ese vaso de leche y... volar.
- Aunque aún podré llevarme un beso de buenos días... ¿verdad? -sonreí tecleando las primeras palabras. Hasta ese momento no se me ocurrió que los días tienen una mañana, una tarde y una noche. Gran descubrimiento, Winter. - Por cierto... -me volví sobre la silla y la miré en la cocina- Supongo que... no sé, podríamos vernos más tarde. ¿No? -claro. Vaya, ese pensamiento me dejó satisfecho. Dos y dos habían sumado cuatro, al fin. La noche anterior había perdido la cabeza por ella, pero todavía podía pensar algo razonable.
Guardé el artículo en la PDA. Estaba estupendo, aún cuándo el tiempo me estaba, no pisando, mordisqueando los talones. Suspiré satisfecho y volví a guardar el cigarrillo de la discordia en su cajetilla, con sus mortíferos hermanos. Me levanté en busca de los labios deliciosos del país en forma de bota, o lo que es lo mismo, la italiana más bella a éste lado de África. Me estaba quedando demasiado colgado de esa chica, para bien o para mal. Y si había un "mal", no quería saber nada de ello. Más males y contras tenía yo, y la gente me aceptaba con una sonrisa bajo el brazo, gracias a mi puesto de trabajo, mi improvisada elegancia... a lo mejor hasta mis ojos ayudaban un tanto. Dios mío, dicho así parecía una carcasa interesante y nada más. La búsqueda terminó, ahí estaba esa boca.
- ¿Quién necesita café cuándo puede besarte para despertarse por la mañana? -mi boca, huérfana de sus labios, la besó cómo si no hubiera palabras para decir todo lo bien que me haría sentir. Que ya me había hecho sentir en apenas un día. Me separé unos interminables segundos después. Sabía a cielo.- Estoy empezando a odiar mi trabajo sólo por el hecho de que me separa ahora de tí. -me llevé la mano al mentón, pensativo- Cuándo me pase de romántico, dímelo. No pega con mi condición de tipo duro e interesante. -reí un momento, buscando ahora mi ropa.
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Uzziel X. Winter- Civiles U.E.
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Fecha de inscripción: 08/05/2011
Re: Que se escondan las apariencias. (Privado)
Desde la cocina hice un gesto de "Señor, sí, señor". Un vaso de leche fría. Viva la simplicidad y las ganas de no complicarme la vida. No sabía si lo hacía simplemente para no marearme o porque de verdad sólo tomaba eso a la hora de desayunar. Yo tenía dos problemas con la leche sola: el primero, no me despertaba. El segundo, no me gustaba. Me parecía un sabor extraño. Mientras la cafetera borboteaba y el aroma de cada día del café inundaba la cocina, yo sacaba las cosas sólidas. De normal tomaba tostadas, a veces simplemente así (pan tostado y vale), a veces con mermelada de frambuesa, y a veces a la española: con aceite, sal, tomate rayado y especiado con albahaca y una loncha de jamón curado. Serrano, que dirían ellos. Ahora, como no sabía lo que él tomaba, sacaba el pan y las "cosas prohibidas": galletas, napolitanas... Por si acaso. Por mi mente circulaba la idea, mientras llenaba un vaso con leche fría, de que era la primera vez en mi vida (desde que vivía sola) que le preparaba el desayuno a alguien. Jamás había tenido la oportunidad de hacerlo, y ahora que lo estaba experimentando, la calidez y el ambiente familiar me resultaron tan dulces que difícilmente podría abandonarlos o dejarlos de lado. Aunque quisiera. Quería sentir eso, y más aún, quería que fuera Uzz quien me lo hiciera sentir.
-Claro que nos veremos luego- dije con una amplia sonrisa.-Hoy voy a portarme mal y no voy a ir a clase- uuuh, Alicia, qué mala eres. - Me gustaría poder decir que a tres semanas de los exámenes finales mis alumnos aprovecharán mi ausencia para repasar el temario, pero cada vez tengo menos fe en la juventud- reí levemente mientras me giraba a encender la radio. Soundtrack FM era una emisora muy rica y que nunca repetía música (a no ser que hubiera sido utilizada en varias películas/series), y mi favorita porque no reproducía el ruido que se escuchaba ahora por ahí. La música electrónica ahora se llamaba música metálica. Y era insoportable. Harry McFarrell y su exageradamente marcado acento escocés anunciaban que acababa de sonar el mash-up de Halo/Walking on Sunshine que había sido realizado en la serie musical Glee, ganadora de no sé cuántos Emmys. Ahora, con un comentario ingenioso y una risa que sólo podían ver los realizadores del programa, daba paso a un tema de Queen, Crazy Little Thing Called Love.
"This thing..." Uzziel se acababa de levantar de la silla y venía hacia mí. Eso que sonaba tan fuerte no era la voz de Freddie Mercury (Dios lo tenga en su gloria por toda la eternidad), ni un pájaro con zapatos de payaso saltand0 por el tejado, ni siquiera un conejo con complejo de Michael Jackson trepando por la fachada. Eso era mi corazón. Realmente, amor aún no, era muy pronto, pero los sentimientos en general eran crazy little things. Hace menos de veinticuatro horas, Uzziel era una persona importante, vale, pero no me moriría si no pasaba tiempo con él (ahora creo que tampoco, pero la angustia no me la quitaba nadie). Ahora, su mirada, sus manos dibujando las líneas de mi cuerpo, sus brazos sosteniéndome, sus labios sobre los míos, se habían convertido en drogas demasiado adictivas. Y me importaba un carajo la sobredosis. Un auténtico carajo.
-No te preocupes, el romanticismo no debería tener límites- sonreí después de que se separase, mirando su altura (por qué tenía que ser yo la bajita siempre era algo que no me explicaba).- Para algo bueno que había en el mundo, las generaciones pasadas se dedicaron a pisotearlo fingiendo que en el mundo había cosas más importantes que los sentimientos y la forma en que los demuestras- me volví hacia la cafetera, que anunciaba insistente que mi café estaba listo. Realmente yo era una persona a la que el romanticismo no le molestaba. Es más, prefería que un hombre fuera dulce y atento (ojo, dulce y atento, no un pastel de melaza con ojos de búho andante) que que se hiciera el macho-men pasando de la persona que teóricamente quería.
Una de mis tostadas saltó hacia el cielo, y la atrapé con un plato.
-Claro que nos veremos luego- dije con una amplia sonrisa.-Hoy voy a portarme mal y no voy a ir a clase- uuuh, Alicia, qué mala eres. - Me gustaría poder decir que a tres semanas de los exámenes finales mis alumnos aprovecharán mi ausencia para repasar el temario, pero cada vez tengo menos fe en la juventud- reí levemente mientras me giraba a encender la radio. Soundtrack FM era una emisora muy rica y que nunca repetía música (a no ser que hubiera sido utilizada en varias películas/series), y mi favorita porque no reproducía el ruido que se escuchaba ahora por ahí. La música electrónica ahora se llamaba música metálica. Y era insoportable. Harry McFarrell y su exageradamente marcado acento escocés anunciaban que acababa de sonar el mash-up de Halo/Walking on Sunshine que había sido realizado en la serie musical Glee, ganadora de no sé cuántos Emmys. Ahora, con un comentario ingenioso y una risa que sólo podían ver los realizadores del programa, daba paso a un tema de Queen, Crazy Little Thing Called Love.
"This thing..." Uzziel se acababa de levantar de la silla y venía hacia mí. Eso que sonaba tan fuerte no era la voz de Freddie Mercury (Dios lo tenga en su gloria por toda la eternidad), ni un pájaro con zapatos de payaso saltand0 por el tejado, ni siquiera un conejo con complejo de Michael Jackson trepando por la fachada. Eso era mi corazón. Realmente, amor aún no, era muy pronto, pero los sentimientos en general eran crazy little things. Hace menos de veinticuatro horas, Uzziel era una persona importante, vale, pero no me moriría si no pasaba tiempo con él (ahora creo que tampoco, pero la angustia no me la quitaba nadie). Ahora, su mirada, sus manos dibujando las líneas de mi cuerpo, sus brazos sosteniéndome, sus labios sobre los míos, se habían convertido en drogas demasiado adictivas. Y me importaba un carajo la sobredosis. Un auténtico carajo.
-No te preocupes, el romanticismo no debería tener límites- sonreí después de que se separase, mirando su altura (por qué tenía que ser yo la bajita siempre era algo que no me explicaba).- Para algo bueno que había en el mundo, las generaciones pasadas se dedicaron a pisotearlo fingiendo que en el mundo había cosas más importantes que los sentimientos y la forma en que los demuestras- me volví hacia la cafetera, que anunciaba insistente que mi café estaba listo. Realmente yo era una persona a la que el romanticismo no le molestaba. Es más, prefería que un hombre fuera dulce y atento (ojo, dulce y atento, no un pastel de melaza con ojos de búho andante) que que se hiciera el macho-men pasando de la persona que teóricamente quería.
Una de mis tostadas saltó hacia el cielo, y la atrapé con un plato.

Alicia Terpelli- Civiles U.E.
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Fecha de inscripción: 07/05/2011
Edad: 18
Re: Que se escondan las apariencias. (Privado)
El frugal desayuno que se estaba preparando yo solía reservarlo para los fines de semana, cuándo tenía tiempo de calentarme algo, o preparar algo parecido a un desayuno en condiciones. Mis labores culinarias eran nefastas, casi nulas. Verla a ella haciendo gala de ese despliegue de lo que para mí eran poderes mágicos -nunca se me habría ocurrido especiar el pan- y de toda la comida que salió de esos armaritos de la cocina, me dio que pensar. Café, dulces, salados, leche. Estaba a favor de la igualdad, pero sino aprendía a cocinar, en una futura relación, tendría que ser ella la que se quedara frente a los fogones. Más que nada por el peligro que entrañaría el comer algo preparado por mí.
Si compartíamos la misma pasión por escuchar música durante horas, iba a irnos bien. Al tiempo que me anunciaba sus novillos académicos, sonaban aún temas de las series de décadas pasadas. Yo no solía escuchar esa emisora, dado que en el coche siempre llevaba puestos canales de noticias y deportes, para mantenerme al tanto de lo que la competencia o los canales afiliados al periódico hacían lejos de nuestra "jurisdicción", por así decir. En casa escuchaba música descargada de internet. Pero lo cierto es que esa música era más antigua que moderna. Todas las notas que ahora amenizaban esa fría mañana, las recordaba de haber visto capítulos y películas de principios de siglo. Bendito principio de siglo, nadie pensaba que lo echaría de menos. Lo peor siempre acaba estando por llegar.
- Si necesitas justificante... siempre puedo firmarte algo. -una vez me puse mi camisa, ya seca, hice el ademán de escribir una nota- "Alicia Terpelli no acudió a trabajar porque prefirió recrearse con la compañía de su ami... -hice una pausa. Continué hablando, cómo si nada. Creo que habíamos pasado el umbral de "Amigos". O eso esperaba yo.- ...Uzziel X. Winter. Referencias aquí:" -seguí abrochándome la camisa- Mi firma y mi número de teléfono. ¿Con eso bastaría?
Reí un instante, pero pronto el reloj me miró con cara de pocos amigos. Cinco minutos más allí, y el tráfico sería severo conmigo. Apuré el vaso de leche de una sentada, cómo uno de esos anuncios en los que publicitaban la autenticidad de las vacas que la producían. Qué cosa. Con toda la polución a la que estaba sometida la hierba que comían, no sabía si prefería leche artificial. Me senté en el sofá, dándole la espalda. El mismo mueble cubrió el cambio de mis pantalones. No quería que me viera en ropa interior de buenas a primeras, porque eso hubiera roto la magia, seguro que en eso estaba de acuerdo conmigo, y por eso lo hice. Entonces la pierna volvió a dolerme levemente, pero lo bastante para quejarme un instante. Ya casi vestido -me faltaban los zapatos y la americana- me metí la PDA en el bolsillo y fuí hacia la cocina. La miré con algo de lástima.
- Alicia, te agradezco todo ésto... -señalé todo lo que había sacado para desayunar- Pero cómo mucho podré llevarme una galleta para el camino. Me matarán si no entrego ese artículo dentro de cuarenta minutos. -me senté un instante en el suelo, para ponerme los zapatos- Siento tener que irme tan deprisa. Lo siento de verdad. -nunca había dicho tanta verdad. Lo de parar el tiempo anoche no era broma.
Quería despedirme dejando las cosas claras. No quería perder ésta oportunidad, así que al cruzar esa puerta, me llevaría conmigo la seguridad de una segunda cita -o una primera, ya que técnicamente lo nuestro había sido un encontronazo, más bien- iba a tener lugar. Aquí o en cualquier parte del mundo. Algo cómo Alicia sólo pasaba una vez en la vida, sea lo que sea. Y cómo era la primera vez, en realidad no estaba muy seguro de que es lo que ocurría exactamente, pero sabía que quería conservarlo. Me acerqué a ella, muy cerca, y la miré a los ojos.
- Ahora me iré, pelirroja. Pero quiero volver a pasar la noche contigo. -confesé- Mañana no trabajo, y aunque tú si, ya se nos ocurrirá algo de cara a mañana por la mañana. -se hizo el silencio- Prometo que te llamaré... más tarde o más temprano, pero te puedo garantizar que no se me olvidará. -y que lo digas. Se ha instalado en mis pensamientos. Volví a besarla de forma apasionada, pero tierna, suave. No quería que ese néctar se agotara nunca.
No había tiempo para mucho más. La escena era parecida a una de esas veces en las que el protagonista debe coger el último tren que le llevará a su destino. Tiene que coger el estribo mientras se despide con la mano de su amada, y el viento despeina sus cabellos. Bueno, en éste caso no era el viento, sino mi jefe el que me despeinaría por completo, así que mejor no tentar a la suerte. Me puse la americana y me "acicalé" en el espejo de la entrada.
- Si el asfalto no está muy mojado, podré llegar de una pieza. -me gustaba bromear de forma sádica antes de salir. Me daba cierta confianza. Volví a su lado sólo una vez más- Gracias por todo. Absolutamente por todo, incluído el ordenador, el vino, la música... Ha sido la mejor noche de mi vida.
Acto seguido, crucé la puerta con una gran sonrisa en mi rostro. Buenos días, mundo.
Si compartíamos la misma pasión por escuchar música durante horas, iba a irnos bien. Al tiempo que me anunciaba sus novillos académicos, sonaban aún temas de las series de décadas pasadas. Yo no solía escuchar esa emisora, dado que en el coche siempre llevaba puestos canales de noticias y deportes, para mantenerme al tanto de lo que la competencia o los canales afiliados al periódico hacían lejos de nuestra "jurisdicción", por así decir. En casa escuchaba música descargada de internet. Pero lo cierto es que esa música era más antigua que moderna. Todas las notas que ahora amenizaban esa fría mañana, las recordaba de haber visto capítulos y películas de principios de siglo. Bendito principio de siglo, nadie pensaba que lo echaría de menos. Lo peor siempre acaba estando por llegar.
- Si necesitas justificante... siempre puedo firmarte algo. -una vez me puse mi camisa, ya seca, hice el ademán de escribir una nota- "Alicia Terpelli no acudió a trabajar porque prefirió recrearse con la compañía de su ami... -hice una pausa. Continué hablando, cómo si nada. Creo que habíamos pasado el umbral de "Amigos". O eso esperaba yo.- ...Uzziel X. Winter. Referencias aquí:" -seguí abrochándome la camisa- Mi firma y mi número de teléfono. ¿Con eso bastaría?
Reí un instante, pero pronto el reloj me miró con cara de pocos amigos. Cinco minutos más allí, y el tráfico sería severo conmigo. Apuré el vaso de leche de una sentada, cómo uno de esos anuncios en los que publicitaban la autenticidad de las vacas que la producían. Qué cosa. Con toda la polución a la que estaba sometida la hierba que comían, no sabía si prefería leche artificial. Me senté en el sofá, dándole la espalda. El mismo mueble cubrió el cambio de mis pantalones. No quería que me viera en ropa interior de buenas a primeras, porque eso hubiera roto la magia, seguro que en eso estaba de acuerdo conmigo, y por eso lo hice. Entonces la pierna volvió a dolerme levemente, pero lo bastante para quejarme un instante. Ya casi vestido -me faltaban los zapatos y la americana- me metí la PDA en el bolsillo y fuí hacia la cocina. La miré con algo de lástima.
- Alicia, te agradezco todo ésto... -señalé todo lo que había sacado para desayunar- Pero cómo mucho podré llevarme una galleta para el camino. Me matarán si no entrego ese artículo dentro de cuarenta minutos. -me senté un instante en el suelo, para ponerme los zapatos- Siento tener que irme tan deprisa. Lo siento de verdad. -nunca había dicho tanta verdad. Lo de parar el tiempo anoche no era broma.
Quería despedirme dejando las cosas claras. No quería perder ésta oportunidad, así que al cruzar esa puerta, me llevaría conmigo la seguridad de una segunda cita -o una primera, ya que técnicamente lo nuestro había sido un encontronazo, más bien- iba a tener lugar. Aquí o en cualquier parte del mundo. Algo cómo Alicia sólo pasaba una vez en la vida, sea lo que sea. Y cómo era la primera vez, en realidad no estaba muy seguro de que es lo que ocurría exactamente, pero sabía que quería conservarlo. Me acerqué a ella, muy cerca, y la miré a los ojos.
- Ahora me iré, pelirroja. Pero quiero volver a pasar la noche contigo. -confesé- Mañana no trabajo, y aunque tú si, ya se nos ocurrirá algo de cara a mañana por la mañana. -se hizo el silencio- Prometo que te llamaré... más tarde o más temprano, pero te puedo garantizar que no se me olvidará. -y que lo digas. Se ha instalado en mis pensamientos. Volví a besarla de forma apasionada, pero tierna, suave. No quería que ese néctar se agotara nunca.
No había tiempo para mucho más. La escena era parecida a una de esas veces en las que el protagonista debe coger el último tren que le llevará a su destino. Tiene que coger el estribo mientras se despide con la mano de su amada, y el viento despeina sus cabellos. Bueno, en éste caso no era el viento, sino mi jefe el que me despeinaría por completo, así que mejor no tentar a la suerte. Me puse la americana y me "acicalé" en el espejo de la entrada.
- Si el asfalto no está muy mojado, podré llegar de una pieza. -me gustaba bromear de forma sádica antes de salir. Me daba cierta confianza. Volví a su lado sólo una vez más- Gracias por todo. Absolutamente por todo, incluído el ordenador, el vino, la música... Ha sido la mejor noche de mi vida.
Acto seguido, crucé la puerta con una gran sonrisa en mi rostro. Buenos días, mundo.
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Uzziel X. Winter- Civiles U.E.
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Fecha de inscripción: 08/05/2011
Re: Que se escondan las apariencias. (Privado)
Realmente verlo ir y venir a por su ropa y vestirse mareaba un poco. De modo que me concentré en echarme café, leche y sacarina en un mismo mug y no manchar la encimera por si me temblaba la mano, y no en pensar que estaba preparándose para marcharse. No acababa de hacerme a la idea de que se fuera. Después de una noche juntos tan maravillosa como la que habíamos pasado, para mi cuerpo lo normal ahora era que se quedara a mi lado, abrazándome y hundiendo sus labios en mi pelo, uniendo su boca a la mía. Pero lo entendía, claro que lo entendía. Todo el mundo necesitaba hacer algo con su tiempo para obtener dinero a cambio del esfuerzo realizado. Desde los albores de la civilización (incluida la Prehistoria, por muy en duda que quedara esa palabra aplicada a nuestros peludos antepasados) el hombre hacía cosas a cambio de otras cosas. Y aunque en estos momentos estaba de acuerdo con Karl Marx por haber criticado en cierta medida al trabajo (como máximo exponente de su teoría de la alienación), no deseaba fingir que yo no veía la necesidad.
Aunque esta vez me escapara de él. Era la primera vez en mi vida que me levantaba una mañana entre semana y no me vestía para ir a dar clase. La primera vez. Y a pesar de ese ínfimo sentimiento de culpabilidad, mi conciencia no me dio mucho la vara con el asunto. "Te lo has ganado, Terpelli" suspiró al fin con resignación.
-Creo que lo de los justificantes sólo funciona en el instituto bajo la potestad de madres, padres o tutores legales- reí mientras daba vueltas a mi condumio matinal. Me había gustado eso de que se corrigiera. Ya no quería seguir siendo amiga suya. O sí, pero quería más derechos, y quería ser la única que los poseyera sobre él. Quería que el sol brillase más cuando él se riera conmigo, quería que se calmaran las tempestades cada vez que él me abrazase. Ahora lo veía un poco más claro. No era sólo lo que quería que pasara. Era lo que yo visualizaba cuando eso sucedía. Y ya cuando me besaba... La hecatombe, señoras y señores. Era como visualizar un prado entero emergiendo a la velocidad de la luz, volvía a haber agua suficiente en el mundo, el fuego ardía donde le tocaba, los animales tenían ojos grandes y brillantes y todas las personas sonreían, borrachas de felicidad.
Asintiendo con una leve sonrisa, le puse una galleta en la mano antes de que volviera a irse a por algo de ropa. Si no comía algo y de camino se mareaba, primero, me sentiría culpable, luego me desesperaría. Para alguien que encontraba, no quería que se estampara en la carretera de camino al trabajo por ir mal alimentado, cuando yo tenía un arsenal de cosas para evitar la malnutrición. No hacía falta que se disculpase, quise decírselo, pero es que por un lado me daba pena que se fuera. Pero ya hemos dicho que le comprendía.
Aunque eso no quitaba para no querer que volviera. Iba a pasarme el día en casa ordenando (lo poco que había que ordenar), limpiando y recogiendo de papeles todo. Simplemente para entretenerme. Para esperarle. Para lo que fuera, mientras fuera algo productivo.
-Bueno, podría volver a faltar- susurré sonriendo. No sería muy inteligente, pero eh, al menos una vez una persona debía pecar de idiota. Podía ser que estuviera mala y pasarme tres días en cama. Claro que no sería cierto, y mentir se me daba de pena. Aunque esos besos me dejaban tan grogui que puede que acabase necesitando tumbarme. Tumbarme y que él siguiera besándome. Buah, si muriera bajo sus labios moriría feliz y completa. Me aposté en la puerta para verlo marchar, haciendo una mueca divertida ante su broma. No quería ni pensarlo.
-Gracias a ti, Uzz- sonreí.- Gracias a ti- no sabía cuánto había hecho por mí en poco tiempo, el pobre. No tenía ni idea.
Y yo empezaba a descubrirlo ahora.
Aunque esta vez me escapara de él. Era la primera vez en mi vida que me levantaba una mañana entre semana y no me vestía para ir a dar clase. La primera vez. Y a pesar de ese ínfimo sentimiento de culpabilidad, mi conciencia no me dio mucho la vara con el asunto. "Te lo has ganado, Terpelli" suspiró al fin con resignación.
-Creo que lo de los justificantes sólo funciona en el instituto bajo la potestad de madres, padres o tutores legales- reí mientras daba vueltas a mi condumio matinal. Me había gustado eso de que se corrigiera. Ya no quería seguir siendo amiga suya. O sí, pero quería más derechos, y quería ser la única que los poseyera sobre él. Quería que el sol brillase más cuando él se riera conmigo, quería que se calmaran las tempestades cada vez que él me abrazase. Ahora lo veía un poco más claro. No era sólo lo que quería que pasara. Era lo que yo visualizaba cuando eso sucedía. Y ya cuando me besaba... La hecatombe, señoras y señores. Era como visualizar un prado entero emergiendo a la velocidad de la luz, volvía a haber agua suficiente en el mundo, el fuego ardía donde le tocaba, los animales tenían ojos grandes y brillantes y todas las personas sonreían, borrachas de felicidad.
Asintiendo con una leve sonrisa, le puse una galleta en la mano antes de que volviera a irse a por algo de ropa. Si no comía algo y de camino se mareaba, primero, me sentiría culpable, luego me desesperaría. Para alguien que encontraba, no quería que se estampara en la carretera de camino al trabajo por ir mal alimentado, cuando yo tenía un arsenal de cosas para evitar la malnutrición. No hacía falta que se disculpase, quise decírselo, pero es que por un lado me daba pena que se fuera. Pero ya hemos dicho que le comprendía.
Aunque eso no quitaba para no querer que volviera. Iba a pasarme el día en casa ordenando (lo poco que había que ordenar), limpiando y recogiendo de papeles todo. Simplemente para entretenerme. Para esperarle. Para lo que fuera, mientras fuera algo productivo.
-Bueno, podría volver a faltar- susurré sonriendo. No sería muy inteligente, pero eh, al menos una vez una persona debía pecar de idiota. Podía ser que estuviera mala y pasarme tres días en cama. Claro que no sería cierto, y mentir se me daba de pena. Aunque esos besos me dejaban tan grogui que puede que acabase necesitando tumbarme. Tumbarme y que él siguiera besándome. Buah, si muriera bajo sus labios moriría feliz y completa. Me aposté en la puerta para verlo marchar, haciendo una mueca divertida ante su broma. No quería ni pensarlo.
-Gracias a ti, Uzz- sonreí.- Gracias a ti- no sabía cuánto había hecho por mí en poco tiempo, el pobre. No tenía ni idea.
Y yo empezaba a descubrirlo ahora.

Alicia Terpelli- Civiles U.E.
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