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Palabras encarceladas {Alexander J. Haider}

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Palabras encarceladas {Alexander J. Haider}

Mensaje por Georgina Steensen el Sáb Mayo 07, 2011 12:09 am

Sentía los nudillos doloridos, el cuerpo como si estuviera a punto de colapsarse. Nos llevaban como si dos prisioneros de guerra nos tratáramos. Maldita fuera Iris, maldito mi mal genio. El Coronel Anderson nos había puteado pero bien, tres semanas sin volar. ¡Tres putas semanas sin volar! Era mejor que terminar en oficinas, pero de todas formas iba a ser horrible. Me palpé el interior de la boca con la lengua e hice una breve mueca, dolía horrores, tenía varias heridas provocadas por los golpes. Había sido una marea roja que buscaba alejarse mientras nos llevaban por pasillos que cada vez eran más oscuros y más húmedos. Era la primera vez que estábamos en esos calabozos, pero no la primera vez que nos encontrábamos en una situación parecida.

Joder, me dolía horrores. Bajé la mirada hacia los nudillos de mi mano derecha que se encontraban despellejados por los golpes dados. No era la primera vez, ni sería la última que terminaban en ese estado, pero ahora que poco a poco comenzaba a ser una persona racional y no una bestia sedienta de sangre, me daba cuenta de que habían impactado directamente sobre una de las personas que más quería. Mascullé algo para mí, aunque el enfado persistía. Ambos éramos orgullosos por lo que cuando nos lanzaron prácticamente dentro del calabozo ni siquiera nos miramos.

Fueron unos minutos tensos, cada cual en su extremo del calabozo. Mis ojos se deslizaron por el lugar, sentía sangre en la cara y podía imaginar que no era precisamente el espectáculo más sexy del mundo. Alcé por un momento la mano para encontrarme con que comenzaba a hincharse la zona del ojo, seguramente terminaría con un ojo morado. Iba a tener que llevar una temporada gafas de sol. Pude notar sangre reseca que estaba segura que me daría un aspecto magnífico, sí. Al menos la nariz no estaba rota, la de Alex tampoco lo parecía. Ya había recibido algún puñetazo allí y no era para echar cohetes precisamente. Me lamí los labios y el simple gesto provocó que una mueca apareciera con rapidez en mi rostro. Joder, cómo escocía.

Podía aguantar el dolor, siempre se me había dado bien, pero en ese momento había algo que me dolía mucho más que mi cuerpo. Según me iba tranquilizando, me sentía peor. Había arremetido contra Alex sin ningún pensamiento racional, aunque el empujón que me dio y que provocó todo el resto de puñetazos no había sido precisamente lo mejor. La conversación no era nítida, sino que estaba llena, cargada, de brumas. No me acordaba bien de las palabras que él había dicho o de mis respuestas. Le miré de reojo mientras me sentaba en uno de los catres, estirando las piernas delante de mí y mirándome las manos.

Anderson nos ha jodido. —comenté, en un tono de voz bajo que haría pensar a cualquier que estaba hablando conmigo misma, pero que a la vez permitía a la otra persona entablar una conversación.

No se me daba bien aquello, durante nuestros primeros años habíamos provocado miles de veces el estar allí metidos y por mucho tiempo habíamos estado cada cual en nuestro rincón silenciosos, sin mirarnos, ni dirigirnos la palabra. Mantuve la mirada en las manos sin saber demasiado bien qué esperar de Alex. ¿Seguiría furioso? Joder, aquello era mucho peor que la pelea que habíamos tenido unos minutos antes.

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Re: Palabras encarceladas {Alexander J. Haider}

Mensaje por Alexander J. Haider el Sáb Mayo 07, 2011 1:11 am

Fuimos llevados al calabozo, era otro, diferente al que solían llevarnos, me senté en el otro extremo de donde estaba ella, la espalda la tenía recostada en la pared, con la mirada perdida en el suelo, como pensando, pero en realidad solo me intentaba dejar llevar por el silencio de aquel lugar tan oscuro y frío, intentando sentirme como un pez en el agua, pero parecía más un pajaro en el agua, adolorido y triste, sin ganas de nada, ni de hablar siquiera.

Miraba el suelo, el dolor de cabeza, la sangre, todo parecía que se difuminara en la mente y en la vista, opté por tumbarme en aquel banco, como si así solucionase algo, no le presté atención a George, puse la mano bajo el ojo y me quité la sangre reseca haciendo que la nueva saliese aunque con menos cantidad, mi mano se volvió de un tono más rojizo, no estaba tan mal como creía pero dudaba que el rostro estuviera digno para algo, sin olvidar el golpe del estomago, lo peor de todo es que seguramente me lo merecía.

Miraba el techo, la pared que estaba medio deshecha y la pintura cayendo, no me importaba lo más mínimo, entonces escuché la voz de George en un murmuro, giré el rostro mirandola-ya-dije sin animos ni entusiasmo, una simple palabra, supongo que de enterarse mi padre, que de seguro lo haría diría lo de siempre, sin contar a que situacion estaba nuestra amistad en estos momentos, temía perderla, pero ambos nos habiamos dejado llevar demasiado, creo que lo terminariamos olvidando pero lo malo que sus palabras se me habian quedado grabadas en la mente, al parecer pese a que tenía mala memoria, ésta era selectiva porque solía recordar lo malo como si estuviera sellado con fuego y cera.

La impulsividad había desaparecido, las sensaciones irracionales también, solo quedaba una espesa sensación de tristeza por todo, la presidenta terminaría por echarme de su guardia, terminaría expulsado, solo era cuestión de tiempo...suspiré y miré el techo perdiendome en él, las heridas aunque escocían intentaba ignorarlas, como si su dolor no existiese, como si nada hubiese pasado, era como volver a empezar con todo...y con ella, habiamos ido marcha atrás con esto.

-Es una mierda..-dije en un murmuro, me senté mirandola-somos un par de gilipollas y eso no me lo vas a negar ¿no?-dije serio, si me negaba eso sería bastante surrealista por su parte, aun estaba un poco enfadado por eso, por la pelea pasada pero me hacia gracia el hecho de siempre terminar aquí.

-Pediré entrada VIP-dije más para mí que para ella, volviendome a tumbar mirando el techo, creo que pasariamos un par de días, era la media de nuestra estancia en este "lujoso" lugar.
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Re: Palabras encarceladas {Alexander J. Haider}

Mensaje por Georgina Steensen el Sáb Mayo 07, 2011 1:31 am

Mordí el interior de mi mejilla haciendo una mueca al notar el dolor provocado tanto por mis dientes como por la herida que había rozado sin querer. Su comentario desganado provocó que apretara un instante los puños. Me lo tenía merecido. Comenzaba a sentirme francamente mal, con el estómago revuelto tanto como la cabeza. Una vez desaparecido el enfado, un enfado estúpido tenía que añadir, estaba destrozada. Me miraba las manos donde los nudillos me dolían, ojalá fuera como en las películas donde parecía que darse de mamporros no costaba nada, donde no dolían los huesos una vez terminado, cuando la adrenalina desaparecía y el cuerpo notaba todos y cada uno de los golpes recibidos. Lejos estaba ya las maniobras, la sensación de volar, la libertad que siempre proporcionaba. Lejos estaba Iris y su estupidez. Todo se había esfumado para dejarme sentir como una mierda.

A fin de cuentas, era culpa mía. Estiré las piernas sentada en el camastro mientras le miraba cuando comenzó a hablar. No podía negarle lo obvio. Dejé escapar un breve bufido porque estaba en mi forma de ser. Le miré con seriedad respirando hondo por un momento.

Los gilipollas más grandes del universo. —respondí mientras le miraba, encogiéndome brevemente de hombros en un gesto desganado.

Lo éramos porque habíamos dejado que todo se desmadrara, porque habíamos permitido que aquello se interpusiera en nuestra amistad. Nos habíamos peleado tantas veces que una más podría significar todo o nada, muchas personas pensarían que eso era una estupidez, que ya estaríamos acostumbrados, pero en cada momento había circunstancias especiales. Esa mañana me había levantado eufórica pensando que Alex vendría conmigo a unas maniobras, que pasaríamos unas horas juntos y que por la noche, con suerte, podríamos irnos a algún lugar a emborracharnos hasta terminar hablando de madrugada, medio dormidos, como solíamos hacer.

Hablar, ¿cuánto hacía que no podíamos estar horas juntos? Demasiado, aunque nos veíamos de vez en cuando, no era como cuando estábamos juntos las 24 horas. Le echaba de menos, echaba de menos a mi amigo, las risas, las riñas, las partidas, los entrenamientos, pero sobre todo echaba de menos el volar juntos, el hacer acrobacias sin sentido y cargadas de peligro porque nos compenetrábamos a tal nivel que muchas veces no nos teníamos que decir qué hacer ni cómo hacerlo. Simplemente lo sabíamos. Y lo había jodido por mi temperamento. Aunque orgullosa, sabía reconocer un error y aquel era uno y de los grandes.

Una media sonrisa apareció en mis labios mientras le miraba, negando brevemente observando sus gestos.

Nos van a dar hasta palco como sigamos así. —respondí, suavemente, ligeramente triste. Me moví entonces para tumbarme con las manos en el estómago y mirando hacia el techo en un gesto hermano al que él había hecho. —Por cierto, ¿has estado entrenando? Tu derechazo ha cogido fuerza.

Le miré de reojo por un momento mientras hablaba, esperado su reacción. Claramente estaba bromeando, pero por el momento esperaba hacerlo alabándolo. Le conocía bien, perfectamente, lo suficiente como para saber que lo que necesitábamos en ese momento era reírnos, divertirnos, olvidarnos durante unos instantes del por qué de aquella discusión. Después… todo vendría.

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Re: Palabras encarceladas {Alexander J. Haider}

Mensaje por Alexander J. Haider el Sáb Mayo 07, 2011 11:26 pm

Miraba la pared del techo como si haciendolo aquello reconfortara, en la mente tenía como una especie de feria en la que todo daba vueltas y vueltas y vueltas sin parar, cerré fuertemente los ojos porque parecía que la cabeza me iba a estallar, joder, por algo me decía el medico que llevase las pastillas a todos los sitios por si algo de eso ocurría y no lo hacía ¿el por que? porque de normal no ocurría nada de eso, solo las tomaba antes de volar porque funcionaban y no me habían fallado nunca, eran mi as de la manga, giré el rostro hacia ella, no lo sabía, era mi mejor amiga y no lo sabía ¿eso donde me ponía? en mal lugar, pero no quería preocuparla, aunque no sabía como estaba nuestra relación en estos momentos, esperaba que no muy herida.

Sonreí ante lo que dijo ella de los gilipollas, al parecer no estaba todo tan mal, almenos podíamos mantener una conversación, aunque creo que ambos no estabamos para darnos puñetazos como antes, esto era como el despegue, cuando todo fué más o menos bien, el vuelo en el aire que era cuando nos peleamos y el aterrizaje que era esta parte, la más calmada, supongo que nos volverían a abrir el expediente poniendo la pelea como falta grave o leve, pero si continuábamos así no tardarían en echarnos y esa idea me mataba, no formar parte del Escuadrón del aire cuando la guerra se avecinara, algo que tarde o temprano ocurriría.

Luego ella continuó hablando, la escuchaba pero no la miraba, mi vista permanecía en el poco poluto blanco de la pared, aunque más que blanco ahora parecía como grisaceo oscuro debido al poco cuidado del lugar, la limpieza parecía no formar parte de las reglas ni disciplina de este lugar al que solo había guardias y vigilantes para que los recluidos no nos fueramos ¿a que loco se le ocurriría escaparse sabiendo que cuando saliera encontraría a muchos más militares, era estupido, aunque admito que ambos lo intentamos una vez.

Negué como respuesta a su pregunta, no tenía tiempo para nada, odiaba en que se había convertido mi vida, desde la libertad de volar al estancamiento de estar siempre bajo la sombra de Cornelia, formar parte de algunas reuniones de los altos mandos y salir de vez en cuando a ver a la família o simplemente despejarme, almenos el correr por las mañanas servía de algo, un momento de relax, un momento para mí...ojala ella viniese a correr conmigo, la miré inconscientemente.

-Oye...se que debes estar cansada sobre esas horas pero ¿vendrías a correr conmigo a las 6 de la mañana?-dije con un hilo de seriedad, lo hubiera dicho sonriendo pero simplemente no me salía, realmente creía que con los años había perdido un poco de esa alegría y vivacidad que poseía solo llegué, todo había ayudado un poco, aunque también formaba parte de las temporadas...aunque hoy creía que sería un día genial, ambos nos iríamos por ahí luego de las maniobras, incluso podriamos "tomar prestadas" las aviones y volar, almenos si nos encerraban por eso habríamos disfrutado más que esto, de todas formas nada había ocurrido, lo hecho hecho estaba.

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Re: Palabras encarceladas {Alexander J. Haider}

Mensaje por Georgina Steensen el Sáb Mayo 07, 2011 11:48 pm

Joder, era el momento perfecto para cerrar los ojos y olvidarme de todo sino fuera porque el cuerpo me dolía lo suficiente como para saber que no iba a pegar ojo. Estiré las piernas sintiendo incomodidad por las botas militares, aunque era uno de los calzados que más me gustaban, también era cierto que en esos momentos, tumbada como estaba, lo que me apetecía era descalzarme. Pocos sabían que cuando estaba en casa rara vez llevaba calzado, prefería ponerme unos calcetines bien gordos para andar por casa o estar directamente descalza en verano, sintiendo el frescor del suelo. Incluso, en casa de mis padres, salir descalza al jardín. Mi hermano y yo solíamos entrenar de esa guisa en la parte de atrás, sobre el prado, siempre y cuando Rayner estuviera de humor para que le pateara el culo aunque fuera en broma.

Mierda, ya me estaba poniendo tonta, le echaba de menos. Podía imaginarme la que me iba a caer en cuanto saliera de allí y le viera. Podía imaginarme el tono ronco, el ceño fruncido y su forma tranquila de hablar intentando hacerme entender que toda esa mierda en la que me movía no era sano, que tenía que cambiar mis hábitos de vida: no alcohol, no tabaco y, sobre todas las cosas, no peleas por tonterías. Había sido el que me había curado más heridas a lo largo de mi vida, desde que era pequeña y me metía sin que mis padres nos vieran para curar los raspones que me daba cuando era pequeña, hasta más adelante, en mi adolescencia, cuando lo hacía después de alguno de mis peores momentos. Rayner era mi hermano mayor, aunque a veces se comportaba como un padre. Jamás había conocido a una persona con tanta paciencia como él. Era una de las razones por las que me gustaba tanto picarlo hasta que le sacaba de sus casillas. Verlo enfadado o, mejor dicho, medio enfadado, era una de mis intenciones casi diarias, aunque era cierto que verlo realmente cabreado era un espectáculo que ni en una película de miedo.

Me moví ligeramente, sintiendo dolorido el hombro izquierdo, seguramente de cuando me había agarrado y había intentando soltarme. Se pasaría, siempre se pasaba, esa era una de las razones por las que no me preocupaba y por la que siempre volvía a las andadas. No había habido un solo dolor en toda mi vida que me dejara fuera de combate durante mucho tiempo. Además, en mi estupidez diaria, era una forma de saber que estaba viva. Podía sonar estúpido y paradójico, pero así estaban las cosas. Respiré hondo y volví el rostro para mirarle cuando volvió a hablar.

Las seis de la mañana eran… bueno, dependía mucho de mi estado de ánimo. Había días que me levantaba incluso a los cinco, pero otros en los que el insomnio me atacaba que no conseguía levantarme hasta las nueve. Le miré en silencio durante unos instantes, era su forma de levantar la bandera blanca, de mostrar que el incidente estaba comenzando a olvidarse. Respiré hondo por un momento y asentí.

Claro, a las seis me parece buena hora, sobre todo porque seguramente no estarán puestas ni las calles. —comenté, bromeando, mirándole de reojo aunque mi gesto fuera serio. —Después podríamos pasar por el área de entrenamiento, si te apetece.

Era algo que solía hacer, sobre todo porque me daba la oportunidad de ir al campo de tiro. No es que en un avión tuviera mucha oportunidad de disparar a alguien, pero la verdad es que siempre me habían gustado las armas de fuego. Mi hermano y mi padre también tiraban, aunque lo hicieran únicamente de vez en cuando. Habíamos salido en ocasiones a cazar, cuando nos encontrábamos en la cabaña que teníamos cerca de la antigua frontera con Canadá.

Alex…—me medio incorporé apoyándome en los codos y giré el torso para poder mirarle con tranquilidad. — Siento mucho lo que ha pasado, de verdad, me he comportado como una auténtica gilipollas.

Sabía reconocer mis errores, sobre todo cuando se trataba de errores cometidos con personas que realmente quería. Y Alex era una de esas personas. Muchas veces la barrera con la amistad desaparecía y se convertía en la persona más cercana a mí, mucho más que Rayner porque ambos teníamos formas de ser muy parecidas.

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Re: Palabras encarceladas {Alexander J. Haider}

Mensaje por Alexander J. Haider el Dom Mayo 08, 2011 11:07 pm

Permanecía con la vista en la grisacea pared, no sabía lo que respondería, entendería un "no" como respuesta más que un sí, ya que de normal no solía agradar la idea de madrugar para correr, almenos a los guardias a los que se lo había propuesto, decían que si estaba loco y que si a esas horas podía levantarme, a ambas respondía con un sí, parecía mentira que llevando dos años trabajando en un mismo sitio aun no me conociesen, almenos la parte superficial, la parte cordial que todos veían...bueno, ni cordial aveces.

Ante su respuesta y broma, sonreí con más diversión, al parecer esto se podía arreglar, debía admitir que también era en parte mi culpa, si no la hubiera empujado para que cayese no se habría cabreado más aun, no entendía como conociendola tanto aun se me olvidaban cosas tan simples como esa, supongo que eran gajes del oficio, joder anhelaba cuando estabamos prácticamente todo el día juntos, desde los entrenamientos por la mañana hasta la asquerosa cena por la noche, como hacíamos que los demás se quedasen con la boca abierta con nuestros juegos en el aire, sonreí mirando el techo con melancolía, la echaba de menos, estaba más en contacto con ella que con mis hermanas de verdad, aunque no era porque quisiera, se podía decir que ser militar requería de ciertos sacrificios.

Entonces ella me pidió disculpas, me senté mirandola y poco después me levanté para sentarme a su lado-yo también lo siento, nos hemos dejado llevar demasiado...otra vez-dije con cercanía, pasé mi brazo por su espalda acercandola a mí para que recostara su cabeza en mi hombro, realmente necesitaba un pequeño abrazo, saber que aun estaba ahí, pero pedirlo no era lo mío, y tampoco es que fuera a decirselo...los abrazos tampoco iban mucho con ella, así que seguramente de ahí no pasáramos, lo hice con cuidado para no hacerle daño, ya que por sus muecas había detectado que uno de los hombros le dolía, a mi era la cara y el estomago que aunque un poco descompuesto poco a poco empezaba a estar más normalizado.

-Sería genial después ir al area de entrenamiento...joder, necesitamos hacer chantaje a alguien, no podemos estar tres semanas sin pilotar-dije mirandola, debería opinar como yo, eramos unos enganchados a volar, viciados de las naves o aviones o como se quisieran decir-¿apostamos? ¿quien nos sacará de aquí? voto por Richard-dije sonriendo, por momentos creí que el dolor de cabeza había desaparecido, pero no, aun permanecía y todo por no tener las malditas pastillas, odiaba depender de algo para sentirme mejor.

-No eres gilipollas, George...solo nos sobrepasamos un poco, todo el día por ahí y con la Barbie Voladora afecta al cerebro-dije sonriendo y poco a poco separé el brazo de su espalda, recostandome en la pared, mirando las rejas-y...gracias por todo-dije bajando la mirada al suelo levemente, no era la persona más agradecida del mundo, pero aveces necesitaba decirselo y más a ella, que aguantaba todo, en los pocos momentos que nos veíamos.

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Re: Palabras encarceladas {Alexander J. Haider}

Mensaje por Georgina Steensen el Dom Mayo 08, 2011 11:42 pm

Respiré hondo, observando sus movimientos. No era una persona que pidiera disculpas de manera habitual, eran raras las ocasiones en las que lo hacía. Con Alex era diferente, pero de todas formas me provocaba cierta ansiedad. Una ansiedad extraña, que se asentaba en mi estómago, porque era como si me desnudara delante de la otra persona. Era mostrar una debilidad, debilidad que no me gustaba demostrar ni cuando estaba entre amigos como era el caso de Alex. Respiré brevemente, hasta que una breve sonrisa curvó mis labios cuando se acercó aceptando mis disculpas. Escuché en silencio, con la cabeza apoyada en su hombro y mi brazo finalmente se deslizó por su cintura para estar más cómoda. El cansancio del día, de la desaparición de la adrenalina después de aquel momento de extrema violencia, hacían mella y provocaban gestos en mí que no eran normales.

Alex era un amigo, una persona de confianza, alguien que se encontraba ahí. Era mi mejor amigo, por mucho que en ocasiones nos destrozáramos como habían pasado minutos antes, pero en el fondo sabía que estaba allí, que podía decirle cualquier cosa. Mantuve el gesto serio, tranquilo, relajado dentro de las molestias que podía tener. Cerré brevemente los ojos sintiendo el calor que desprendía su cuerpo y su solidez, un apoyo en mitad de la Tormenta, un punto de apoyo, un lugar perfecto para sujetarme cuando estaba a punto de caer y él sabía que por mi parte también estaría allí para él.

Es para no perder las costumbres, lo extraño es que no nos hayamos matado ya.

Lo era, era extraño que no nos hubiéramos pasado en alguna ocasión. Al final siempre nos controlábamos, siempre había algo que nos hacía recuperar la racionalidad. Habíamos estado a punto, peleas en las que terminábamos tan agotados que apenas podíamos sostenernos, sobre todo al principio. Ninguno quería dar su brazo a torcer, ninguno quería decir que se rendía, ninguno quería ser el primero. Era algo que ambos teníamos, la cabezonería, esa cabezonería que nos volvía tercos y obstinados, que nos daba forma y que marcaba nuestra amistad.

Apostaría por la Presidenta.—dije con una breve sonrisa, bromeando, una ligera risa que se escapó de mis labios divertida. — Pero me da que al final será Richard, vamos a tener que sobornarle a base de cervezas y, quizá, alguna entrada para algún partido de Rugby que aunque no sea Fútbol Americano no está nada mal.

Echaba de menos algo tan normal como el fútbol, comenzaba a pensar que estaba loca. Había jugado con mi hermano en ocasiones, incluso en la Academia donde el beisbol, el fútbol americano y el baloncesto eran formas de remediar más de un encontronazo. No nos separábamos, no había distinciones claras entre géneros, simplemente jugábamos todos. Todos éramos soldados, todos estábamos allí por las mismas razones o razones muy parecidas, en ocasiones me entraban dudas con según qué personas.

Algún día la pillaré fuera de la base y la meteré tal paliza que no la reconocerá ni su madre.—dije con vehemencia para después mover mi mano para coger la suya y apretarla brevemente, un instante, un segundo antes de soltarla sintiéndome incómoda. — ¿Gracias? ¿Por qué exactamente? ¿Por apalearte o por conseguir que te metieran en calabozos?

Me moví hacia atrás como él mismo había hecho, el momento de contacto había desaparecido. Las piernas estiradas y las cabezas a unos pocos centímetros sobre la pared del calabozo. ¿Cuántas veces habíamos repetido esa misma posición?

Había perdido ya la cuenta.

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Re: Palabras encarceladas {Alexander J. Haider}

Mensaje por Alexander J. Haider el Vie Mayo 13, 2011 11:54 am

Se apoyó sobre mi hombro, una sensación de calma se apoderó de mi, como si estuviera en una clase de yoga donde el único objetivo era la calma, el relax, algo tan verdaderamente escaso en estos días que era extraño poseyerlo de nuevo, incluso vivirlo, aunque no iba a negarlo, recosté la cabeza suavemente en la pared cerrando los ojos, creo que de no ser porque ella hablara, me hubiese dormido, realmente solo necesitaba escuchar el silencio, era como si hubiese esperado a un concierto silencioso, solo que sin pagar entrada anoser que la entrada fuese estar como un Cristo ahí.

Aun me dolía un poco el cuerpo, por la pelea pero parecía descender al igual que el mal de cabeza, todo parecía ir desapareciendo, parecía, en realidad aun continuaba todo solo que en menor medida, como cuando se baja de una atracción o ésta va descendiendo, hacía tiempo que no iba a un parque de atracciones, de hecho solo fuí una vez y porque los tres insistimos, mi padre solía llevarme más a los campos militares que aunque me gustaban no era una infancia muy común que se dijese, pero era preferible eso a estar viendo como los niños jugaban mientras yo miraba y las profesoras insistiendo en que me unira sin efecto alguno, supongo que era un pequeño marginado social, apoyé mi rostro sobre su cabeza cuando ella se apoyó en mi hombro.

Escuché lo siguiente que dijo, al parecer el "todo" no había sido muy explícito o yo me explicaba como un libro cerrado, pero aunque al principio me quedé callado, por fin decidí hablar.

-Por ser mi amiga, basicamente-dije simplemente encogiendome de hombros, ella no sabía la importancia que tenía en mi vida, quiza demasiada, pero uno de esos temores que me perseguían entre otros era el de pensar que ocurriese si la perdiese, era como una de esas personas que aunque no eran de la sangre lo eran, mierda, ya volvía otra vez con esos pensamientos, me separé un poco de ella y me levanté de allí en dirección a las rejas.

Puse ambas manos en ellas mirando el frío pasillo, no se escuchaba nada, solo las gotas que caían al suelo en un pequeño "plof" de maneras arritmicas, pero haciendo que aquel silencio que tanto habia parecido formar parte ahora fuera un silencio acompañado por el caer de aquel líquido tan imprescindible en la vida, algo que hacía que me diese sed, necesitaba hacer algo, aquel lugar era como una...mejor dicho, era una jaula para humanos, silbé como solía hacerlo cuando quería dar alguna señal para que me atendiesen, un silbido fuerte pero bastante seco, que se podía oir a bastante distancia.

-Traednos algo ¿no? no quiero morirme de hambre aun -dije a modo de orden y cabreo, aunque solo para ellos, se escucharon unos pasos acercandose corriendo, vi sus manos y vi que no llevaban nada, aparte de un rostro no muy amigable, mal, muy mal de hecho, nos quedamos mirando como un par de idiotas, luego simplemente se fué sin más, no entendí a que vino tanto correr para nada, inspiré profundamente y terminé sentandome a su lado de nuevo.

-Sin comida, sin bebida, heridos...y aun no ha empezado la guerra-dije y me recosté de nuevo sobre la pared mirando el techo sin demasiado entusiasmo, como habia cambiado todo desde aquel día, creo que eso siempre formaría parte por mucho que quisiera olvidarlo, ese vacío y sus consecuencias, como me gustaría saber si almenos nos veía o algo, aunque no le gustaría esto, la que más se parecía a ella era Arabelle y no era muy fan de la milicia...¿como podía sentirme tan mal estando en buena compañía?
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Re: Palabras encarceladas {Alexander J. Haider}

Mensaje por Georgina Steensen el Vie Mayo 13, 2011 10:40 pm

Arqueé las cejas mirándole brevemente cuando escuché sus palabras aunque pronto se dirigió hacia las rejas del calabozo. ¿Me daba las gracias por ser su amiga? Debía haberle dado demasiado fuerte. Joder, una vez que le había pasado las primeras semanas o meses, ser su amiga había sido algo natural. Era el único que me seguía el ritmo, el único que me aguantaba, el único que no pegaba como una nenaza, en definitiva. Vale, también estaba Mathews, pero era distinto. Mathews, Nel, no llegaba al nivel de amistad que tenía con Alex. Alex podía estar al mismo nivel que Rayner, sí, algo así. Rayner era mi hermano, pero le quería como a un amigo. No era por la sangre, aunque influyera, sino porque era la única puta persona que sabía cómo controlarme, cómo bajarme del carro, porque me daba los consejos apropiados como para poder seguir hacia delante sin meterme en más follones de los necesarios. Joder, le echaba de menos. Quería llamarlo e irnos a tomar algo, quería que me echara la bronca y me revolviera el pelo. Quería salir a correr con él, irnos al gimnasio. Quería, en definitiva, tener a mi hermano al lado. Poca gente entendía aquello, el lazo que se teníamos él y yo, pero hacía falta vivir en la casa de los Stenseen para adivinarlo.

Lo mismo tendría que decir yo, ¿no?—comenté mientras hablaba a su espalda mientras que él agarraba los barrotes. — Ya me lo cobraré cuando me tengas que invitar a unas cervezas.

Una media sonrisa apareció en mis labios ante mi propio comentario, mirándole. Me revolví el pelo por un momento, observando lo que estaba haciendo. Miré al soldado, arqueando las cejas al ver que venía con las manos vacias. En ocasiones teníamos niñatos dispuestos a tocarnos la moral, sí, niñatos que buscaban cualquier motivo o cualquier razón para tocar las narices, parecía ser que ese era uno de aquellos momentos. Fruncí el ceño negando para mí, la cara del soldado había quedado grabada en mi mente por lo que tendríamos un par de palabras una vez que saliera de allí.

Me deslicé hacia atrás, apoyando la espalda en la pared a su lado mientras ponía las manos en el regazo. Una de las cosas que peor llevaba de estar en el calabozo es que no se podía fumar y no podría hacerlo hasta el momento en el que saliera de allí salvo que alguno de los dos tuviéramos. Así con suerte alguien vendría y nos divertiríamos un poco. Joder, comenzaba a creer, en serio, que me pasaba algo malo cuando estaba aburrida.

En la guerra tendremos tortura además.—le miró a los ojos por un momento, frunciendo el ceño al ver que estaba bastante desanimado. No era la persona más empática del mundo, es más, seguramente mi empatía estaría reducida a cero en cualquier circunstancia, pero lo que sí tenía claro es que no se encontraba bien. — Alex… ¿qué ocurre? Andas como un embajonado y no me digas que por estar aquí encerrados, porque no es la primera vez, y siempre hemos encontrado alguna forma de pasar el rato.

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Re: Palabras encarceladas {Alexander J. Haider}

Mensaje por Alexander J. Haider el Vie Mayo 27, 2011 4:06 am

El ambiente parecía como más tenue, más oscuro, era cierto que estabamos en un calabozo y no es que fuera el sitio más iluminado de todo el Omnipotent, pero parecía que aquella luz que procedía de los exteriores parecía oscurecerse, la noche empezaba a teñir el manto de un cielo del que apenas se podía observar nada desde aquel pequeño sotano frío y seco, aspero y de algun modo me recordaba a los calabozos de muchos siglos atras, un pequeño viaje en el tiempo, solo que con más higiene a comparación de aquellos, de los cuales parecía que el rojo parecía formar parte de las paredes como pequeñas cicatrices de una blanquecina pero aspera tapia.

Mis ojos se habían posado por ende en aquella pequeña ventanita donde el claro del día pasaba a ser de un tono rojizo y azulado dandole al pequeño cubiculo un tono más oscuro, más nocturno y de alguna manera tambien más romantico, valga la redundancia , hasta que con el pasar de los minutos que a mi parecer se tornaron más lentos por momentos, el sonido del exterior parecía apaciguarse junto con los cambios de matiz del cielo, como una pequeña manifestación de la vida en sintonía con el cambio de la alegre mañana a la más triste pero no por ello menos preciosa noche.

Escuchaba las palabras de George, pero el silencio era mi respuesta al igual que algunas veces anteriores, no es que no me apeteciera hablar, aveces el silencio era la mejor respuesta y menos para decir algo tan obvio como lo que decia, sería recalcar lo mismo, como un disco de vinilo puesto por la misma caratula otra vez, aquello me recordaba a aquellas viejas canciones que escuchaba en la cadena de mi madre, desde cantantes de su epoca a viejas glorias, eran las melodías que nos despertaban, que nos llenaban y sin quererlo formaban parte de nosotros al igual que toda la musica que llenaba aquella casa que una vez vibró de vivacidad.

Viviré como un muñeco
Programado
Viviré fotocopiándome el pasado
Viviré, aunque yo no pedí vivir yo viviré
Como una canción de amor que nadie
Cantará


-Cuando te torturen piensa en cualquier cosa menos eso, sobretodo canciones heavys, que te vean feliz, como si les diese igual lo que te hacen..y una de dos, eso les gusta más o pasan de tí-dije girandome para verla, aquella melodía viajaba por mi mente, los militares eramos simples marionetas...con libertad en algunos aspectos pero siempre bajo el mando de alguien y aquello era lo que menos me agradaba de mi trabajo, ser el puñetero peon de nadie, quiza por ello en parte también me alegré por ser guardia, pero el problema de eso era que el hecho de volar pasaba a
un segundo lugar.

Entonces me preguntó, en realidad no quería responderle, además, ibamos a pasar un tiempo aquí, que más daba lo que me pasara- nada-opté por decir, una mentirijilla de esas que sabía que ella poco soportaba, pero en realidad no pasaba nada, simplemente no sabía realmente cual era mi lugar en todo este teatro de marionetas, estaba como en un ajedrez pero como si mi color fuese el gris, a ver, la posicion y todo lo tenía claro, en cuanto al trabajo sí, peo lo demás...simplemente era un caos, no a la vista claro, porque al primer vistazo parecía estar todo perfecto o almenos normal, pero adentrandome más en todo...simplemente era unna habitación desordenada donde el polvo era lo unico que sobresalía.

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Re: Palabras encarceladas {Alexander J. Haider}

Mensaje por Georgina Steensen el Vie Mayo 27, 2011 4:22 am


La oscuridad iba tomando forma fuera, aunque la verdad es que en cierta manera no me daba cuenta salvo porque el ambiente en el interior de aquellas cuatro paredes comenzaba a tornarse más oscuro a cada minuto que pasaba. Recostada en la pared, mirando hacia un punto invisible delante de mí, simplemente dejaba pasar los minutos. El silencio no era algo que me molestara, siempre había sido una constante en mi vida salvo cuando estaba en mitad del entrenamiento, un silencio de palabras, que no de música. La música había sido una constante que estaba ahí aunque no le hiciera caso, como si estuviera conformando mi banda sonora particular.

Fruncí el ceño mientras mi lengua volvía a tantear la herida que tenía en la boca, una herida que provocó un pinchazo. Un pinchazo que me indicó que seguía viva. Era una estupidez, por supuesto que sabía que estaba viva, pero aquellos simples detalles me lo dejaban claro. Un chispazo de luz en mitad de la oscuridad, de un mundo que estaba demasiado gris. Le miré de reojo cuando volvió a hablar. Había algo que le preocupaba, podía notarlo, pero no sabía bien qué era. Tampoco quería insistir. No era una de esas personas que daban el coñazo volcándome sobre la otra persona hasta que finalmente me lo contaran, prefería que me lo dijeran cuando quisieran hacerlo.

Me pondré a cantar, eso haré.—una media sonrisa apareció en mis labios cuando recordé viejos momentos en los que ambos volábamos juntos, esos momentos en los que creíamos que todo era posible y, en cierta manera, lo había sido.— ¿Cómo era aquella canción que cantábamos en las prácticas de vuelo para desesperación de los que tenían que escucharnos? Creo que no me he divertido tanto en mi vida.

Una diversión que había muerto en parte. No era lo mismo volar sin él a mi lado, sin saber que le tenía cerca y que si pasaba algo podía confiar ciegamente en Alex. Era la persona en la que pondría mi vida en sus manos sin pensarlo ni dos veces. Y era así porque me había demostrado con el paso de los años que merecía mi confianza. Una confianza que pocas personas tenían. Sabía que cuando él estaba conmigo en el aire nada podía pasar, era como si en cierta manera se convirtiera en mi comodín, en mi amuleto de la suerte. Respiré hondo por un momento mientras le miraba de reojo, frunciendo ligeramente el ceño hasta que finalmente me moví.

Me agaché entonces para quitarme las botas, necesitaba que los pies descansaran. Fueron movimientos rápidos y automáticos. ¿Cuántas veces me había quitado y puesto esas botas? Bueno, esas quizá no, pero si algunas muy similares. Apreté brevemente los labios mirándole de nuevo antes de volver a recostarme contra la pared, mirando hacia ningún lado delante de mí.

Rayner va a ponerse hecho una furia cuando sepa que me han vuelto a meter en los calabozos. Le había prometido que me comportaría como una persona racional.—buscaba hacerle hablar, aunque quizá no fuera la mejor de las ideas.— ¿Qué sabes de tus hermanas?

Muchas veces era mejor desviar los temas cuando llegaban a ningún punto y la familia, bueno, la familia era la familia. Una constante en nuestra vida. Cerré los ojos mientras me mantenía recostada contra la pared cruzando las manos sobre mi vientre estirando las piernas y jugando por un momento con los pies hasta que terminaron sin los calcetines que cayeron al suelo. Jugueteé entonces con los dedos, ni siquiera podía parar quieta cuando me encontraba allí metida.

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